El arte es la materialización de un delirio

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martes, 20 de mayo de 2025

 PALABPALABRAS JEME CÉDULAS



NOMBRAMIENTO COMO EMBAJADOR DE LA MARCA EJÉRCITO

PALABRAS DEL JEME EN EL ACTO DE ENTREGA DE LA CÉDULA


Señoras y señores.

En primer lugar, gracias a todos ustedes por haber acudido a este   Salón   de   Embajadores   del Palacio de Buenavista, sede   del Cuartel General del Ejército, para tomar parte en la entrega de los distintivos que acreditan a don Matías Prats Luque y don Salvador Amaya Sánchez como Embajadores de Marca Ejército. Su presencia, además de dar una mayor relevancia a esta emotiva ceremonia, es prueba de la importancia que ustedes otorgan a la condición de los nuevos Embajadores.  Hoy   rendimos   homenaje   y   damos   la   bienvenida   a   dos personalidades cuya trayectoria, en ámbitos bien distintos, converge en un mismo punto: la excelencia profesional y el compromiso con los valores. Ambos se incorporan hoy a la familia de Embajadores de Marca Ejército, y lo hacen con el aval de una vida dedicada al esfuerzo, al rigor y al compromiso.

 


Don   Salvador   Amaya   es escultor   y   a   la   vez   cronista   de nuestra   historia.   Nacido   en   Madrid   en   1970, hijo   del   reconocido escultor Marino Amaya, creció inmerso en un ambiente artístico que moldeó   su   vocación   desde   temprana   edad.   Aunque   inicialmente aspiraba   a   una   carrera militar, las   circunstancias lo llevaron a canalizar   su   pasión   por   la   historia   y   la   milicia   a   través   del   arte, convirtiéndose en un referente cuya obra ha revitalizado la escultura histórica en España.

Cabe destacar que cada una de sus obras es el resultado de una concienzuda investigación y una profunda conexión emocionalcon el personaje o evento representado. Como él mismo ha dicho, no se trata solo de reproducir figuras, sino de capturar el espíritu y la esencia de los protagonistas de la historia. Y es merced a ese trabajo detallista y meticuloso que permite que la creación artística transmita emociones y valores, con lo que la escultura tradicional puede hacer frente a los nuevos desafíos de la era digital, como la proliferación   de   tecnologías o la impresión 3D que facilita la producción de figuras tridimensionales.

Su obra destaca por su fuerza expresiva, su profundo respeto hacia las figuras que representa y su fidelidad a la escuela clásica, siendo   sus   referentes   desde   los   maestros   renacentistas   italianos hasta   nuestros   clásicos   como   Benlliure,   Marinas   o   Querol.   Sin embargo, su mayor influencia fue su padre, de quien aprendió no sólo las técnicas del oficio, sino también valores como el amor y el respeto por la escultura.


Son numerosos los ejemplos de su enfoque, como   el imponente monumento al almirante don Blas de Lezo, erigido frente al Museo Naval, el monumento dedicado a los Héroes de Baler en la plaza del conde del Valle de Suchil (rayana a Alberto Aguilera), y la   escultura   conmemorativa   del   centenario   de   la   Legión   Española frente al Estado Mayor de la Defensa. Otras obras suyas, como las dedicadas al general Bernardo de Gálvez, a   la   reina Isabel la Católica, a don Ramón María del Valle-Inclán o a Miguel de Cervantes, reflejan ese mismo impulso   por preservar, dignificar y transmitir nuestro legado histórico.

Con la clara convicción de que el arte escultórico tiene el poder de conectar el pasado con el presente, de rendir homenaje a los héroes olvidados y de inspirar a las generaciones futuras, sus obras son un testimonio tangible de la historia y un recordatorio de que, como él mismo afirma, "sin historia no hay futuro; seríamos una sociedad con pies de barro abocada a desaparecer". Es por eso que sus esculturas no son simples figuras: son lecciones de historia, personalidades que encarnaron los valores de nuestra Patria y símbolos que invitan a la reflexión y a la memoria.

La relación de don Salvador con nuestras Fuerzas Armadas ha sido constante. Ha trabajado de la mano con el Ejército de Tierra, con la Armada y con distintas instituciones y fundaciones vinculadas   a   la   defensa. Sus obras presiden espacios de honor, museos militares y plazas públicas. Ha logrado, a través del arte, mantener vivo el hilo que une el pasado con el presente y la gesta con el servicio actual. Su compromiso con la cultura de defensa es firme, continuado y generoso, poniendo su talento al servicio de la nación   con   humildad, pasión, excelencia y, sobre todo, con gran generosidad. Además de una reproducción en menor tamaño de la escultura dedicada a los héroes de Baler que adorna el Salón de Ayudantes, nuestro Salón Goya está presidido por un busto de Su Majestad   el   Rey   don   Felipe   VI   en   uniforme   militar, donado altruistamente por Salvador para el Palacio de Buenavista.



Embajadores, ya habéis recibido reconocimientos previos por parte de nuestro Ejército: Matías, soldado honorífico del Regimiento de Transmisiones nº 22, en 2014; Salvador, cruz del mérito militar con   distintivo   blanco, en   2020.   Por   ello, os pido que no veáis en vuestro nombramiento un reconocimiento, sino un compromiso. No habéis obtenido un privilegio, habéis aceptado un servicio. Siendo embajadores de Marca Ejército, os habéis comprometido a “ser un vínculo entre el Ejército y la sociedad de la que forma parte y a la que sirve”.

Ese compromiso se manifiesta en dos funciones. La primera, en transmitir nuestros valores y, en su caso, nuestro buen hacer al resto   de   la   sociedad   fortaleciendo   su   vínculo   con   la   defensa   de España.   La segunda, ayudarnos, con vuestro ejemplo, a ser mejores ciudadanos y mejores militares, a que “El   Ejército: la Fuerza de los Valores”, además de ser un lema, sea también una vibrante realidad.

Vuestro nombramiento es un reconocimiento de que atesoráis de forma excelente esos valores, pero sobre todo de la confianza que   ejerceréis   las responsabilidades   de   Embajador   de   Marca Ejército   con   el   mismo compromiso   que   ha   caracterizado   toda vuestra   carrera. En nombre del   Ejército de   Tierra, os doy la más cálida bienvenida a esta responsabilidad y os agradezco que hayáis aceptado ser parte activa de nuestro proyecto.ME CÉDULS

EMBAJADORES MARCA


El JEME con los nuevos embajadores

 

NUEVO BUSTO DE FELIPE VI EN EL PALACIO DE BUENAVISTA


Texto: Ana Vercher/Madrid

Fotos: Bgda. J. M. Dueñas




 El Jefe de Estado Mayor del Ejército (JEME), general de ejército Amador Enseñat, ha presidido el acto de donación de un busto de Su Majestad el Rey, Felipe VI, obra del escultor Salvador Amaya. La ceremonia se celebró el 2 de abril, en el Palacio de Buenavista —sede del Cuartel General del Ejército de Tierra—, y al mismo acudieron numerosas autoridades militares.

En sus palabras, el JEME ha agradecido a Amaya su generosidad, a la par que ha destacado «su capacidad para capturar el alma de aquellos a quienes retrata, tanto de la actualidad como del pasado. Sin duda, la obra de Salvador Amaya es rica en homenajes a la historia y a los héroes del Ejército de Tierra, con la que refleja su profundo conocimiento y aprecio por las Fuerzas Armadas».

Realizado en bronce, Amaya decidió donar esta obra como agradecimiento al buen trato que, indicó, el Ejército siempre le ha dado: «La milicia es mi vocación frustrada, aunque quizá el destino pensó que hago mejor labor ensalzando los valores y gestas castrenses de otro modo, a través de esta expresión artística», aseguró el escultor.

Asimismo, el hecho de que sea un busto de Felipe VI es debido a que considera necesario que el Cuartel General del Ejército de Tierra «tenga un retrato escultórico actualizado del Primer Soldado de España».



SALVADOR AMAYA

Nacido en Madrid en 1970, Amaya ha encontrado en la escultura la forma perfecta de dar mayor visibilidad al legado artístico e histórico que atesora la cultura hispánica. Algo que hace recuperando figuras de gran importancia, algunas conocidas por todos y otras olvidadas. La reina Isabel la Católica, el cardenal Cisneros, el almirante Blas de Lezo, el general Menacho o Cervantes, son algunos de ellos. Junto a estos, otros más actuales como Torrente Ballester o el mencionado Felipe VI. «Es una manera de que la posteridad les reconozca y de acercar su figura, no solo desde los hechos sino, también, desde lo más tangibles: sus rasgos físicos o, incluso, la manera en que querían ser representados», explicó el escultor.

Para ello, procura ser lo más veraz posible, acercándose al personaje y su época: «Leo todo lo que cae en mis manos: biografías, crónicas, estudios… y pido asesoramiento a expertos».

Centrado en el monumento público, numerosas ciudades de España cuentan con algunas de sus obras. Pero no solo el territorio nacional se beneficia de su buen hacer: Washington D.C. (Estados Unidos) o Monterrey (México) son otros lugares internacionales donde también están expuestos sus trabajos.




miércoles, 26 de febrero de 2020

Un monumento al coraje y la dignidad

Artículo para el Nº 16 de FD Magazine. Por Amanda González




Podría parecer un acto de desagravio. Después del mal sabor de boca que dejó a la mayoría de cinéfilos y amantes de la historia, la película de Salvador Calvo, 1898: Los Últimos de Filipinas, se hacía necesario desempolvar aquella vieja historia que, a través de nuestros abuelos, nos había sido narrada desde el coraje que enardeció los corazones de un pueblo y los impulsó a sobreponerse al desastre del 98, y desde la nostalgia de guerras pasadas donde la necesidad y los ideales eran la base de unos valores hoy desaparecidos. Había que poner en valor aquella historia, y en estos tiempos que vivimos, en los que prima el sensacionalismo por encima de la verdad, se hacía necesario abordar la gesta de los Héroes de Baler desde el rigor histórico. Quienes conozcan lo que sucedió durante el 
asedio, saben que la historia tiene material suficiente como para no necesitar aderezarla con sargentos crueles ni con hermosas indígenas enamoradas de los nuestros. Que haberlas, las hubo, claro, pero no tan inocentes como las de la película de Antonio Román estrenada en 1945, ni tan perversas como nos las pintaba el ya mencionado Salvador Calvo en 2016. Para cuando estalló la revuelta, no es que hubiera una exótica presencia española en Filipinas y las nativas se deshicieran en atenciones hacia los extranjeros, sino que Filipinas era tan española como Burgos o Logroño, y las relaciones humanas entre quienes allí convivían entraban dentro la naturalidad. Así que, con estos mimbres, se quería dar a conocer la grandeza de los Héroes de Baler desde la verdad y la justicia histórica; y es que en 2019 se cumplía el 120 aniversario de la gesta y ni el Ejército de Tierra, ni el escultor Salvador Amaya iban a dejar pasar más tiempo para conmemorar la hazaña de los Héroes de Baler con un monumento público que trascendiera al tiempo y a nuestra generación, y recordara de forma perpetua que España mantiene viva la memoria de quienes se dejan la piel y las entrañas por la patria.


Como no podía ser de otra forma, Augusto Ferrer-Dalmau respondió a la llamada y quiso aportar su talento al proyecto. Las reuniones entre los artistas, pintor y escultor, para definir como se representaría la gesta, se fueron sucediendo durante las semanas que precedieron al encargo en firme por parte de la Fundación Museo del Ejército. El monumento tenía que representar una hazaña, la resistencia de 52 hombres en terreno hostil, el abandono al que se vieron sometidos, el respeto a las ordenanzas, la responsabilidad de defender el territorio español, el coraje con el que aquellos soldados cumplieron con su deber más allá de las consecuencias, y la presión que soportaron durante un asedio en una iglesia que, a pesar de lo humilde de su construcción, fue su refugio y hogar durante 337 días. Demasiadas emociones. Demasiada grandeza. La dificultad de representar artísticamente un episodio tan épico, que a día de hoy se estudia en las academias militares de todo el mundo, se hizo patente, y es que, como siempre en estos casos, la fuente de financiación iba a ser un problema. Se decidió recurrir a una suscripción popular, o campaña de micromecenazgo como se conoce actualmente. No sólo se pretendía recaudar fondos sino también dar la oportunidad a la sociedad civil de formar parte de un proyecto que conjugaría arte e historia, y sobretodo, participar de un propósito colectivo de los que hacen país. Un proyecto común que aportaría cohesión a una nación demasiado fracturada.


Con un objetivo presupuestario realista, Ferrer-Dalmau realizó un boceto del monumento con una sola figura, y lógicamente no podía ser otra que la del oficial superviviente cuyo carisma hizo posible la resistencia. Su nombre era Saturnino Martín Cerezo y su graduación, la de Segundo Teniente. Cuando el beriberi comenzó a hacer estragos entre los asediados, Martín Cerezo quedó como último oficial al mando. Su formación, ejemplaridad y unas cualidades personales singulares hicieron posible que el grupo se mantuviera compacto y sin fisuras. No hay que olvidar que aquel grupo de soldados sobrevivieron casi un año en condiciones extremas, inmersos en un conflicto armado y poniendo a prueba día a día su resistencia física y espiritual. No alcanzamos a imaginar las sensaciones y pensamientos que recorrían los muros de la iglesia de Baler pero seguramente allí dentro, se puso de manifiesto lo mejor y lo peor del ser humano. Y si prevaleció lo bueno, tengan ustedes por seguro que el responsable de ello fue Martín Cerezo.


Los pilares del monumento comenzaron a tomar solidez en el mes de noviembre de 2018. La estructura metálica que soportaría el peso de la arcilla, iba adoptando las líneas básicas a base de alambres y soldadura. Compases, plomadas, escuadras de dimensiones colosales y cintas métricas reposaban en el suelo del estudio durante los escasos momentos en que se les daba descanso. El respeto por las proporciones y el equilibrio en la estructura es algo que el escultor, Salvador Amaya, cuida desde los cimientos de la obra, desde que la concepción de una imagen tridimensional gira en su cabeza y aturde la capacidad de sus sentidos para cualquier cosa que no sea dar volumen a los espacios vacíos. Esos huecos en el espacio fueron llenándose con materia arcillosa hasta que una aproximación al boceto se hizo patente, y dio comienzo el tiempo en que dar sentido y movimiento a las formas se convierte en un ejercicio de pura creatividad. La figura de Martín Cerezo cobraba vida a la vez que tomaban forma los pliegues de sus ropas. La fuerza en sus piernas traspasaba la densidad de la materia y se vislumbraba la tensión de sustentar el peso de un cuerpo dispuesto a presentar batalla. Los brazos parecían agitarse al son de las órdenes que salían de la garganta de aquel hombre de barro y sólidos principios. El torso giraba en un movimiento helicoidal permitiendo su visión desde cada uno de los 360 grados que lo rodeaba. Un rostro reconocible asomaba bajo la visera de la gorra del teniente. Martín Cerezo volvía a la vida entre las manos de un artista.


La realidad hizo acto de presencia. Al proceso creativo le sigue la consolidación de los detalles, y es ahí, donde los teóricos de la Historia elevan o abaten una obra de arte. No deja de resultar curioso que se anteponga la veracidad de un humilde botón a la concepción global de una creación cuando de escultura se trata, pero quizá en tanta inclemencia por parte de la crítica radica el éxito, no en vano la exigencia autoimpuesta por el artista persigue alcanzar la excelencia. Aunque el proyecto contaba con el respaldo del Instituto de Historia y Cultura Militar, se hacía necesario recurrir a un asesor histórico con quien poder consultar cualquier duda y a cualquier hora del día, la inspiración es imprevisible y suele aparecer de forma inesperada. El coronel Guerrero Acosta se convirtió en el experto en quien confiar la uniformidad y el equipo. Detalles que pasarían desapercibidos posteriormente como el emblema del Regimiento de Cazadores número 2 en el cuello mao de la guerrera, o más visibles como el revolver Orbea número 7 hubo que modelarlos a escala 1:1,5, la misma con que se estaba construyendo el monumento. Por la noche, cuando la luz de los focos incidía sobre la visera dela gorra y ésta dejaba en penumbra la mirada de Martín Cerezo, parecían oírse disparos y los desgarradores gritos del combate. El taller se oscurecía como si la exuberante vegetación de la isla de Luzón lo cubriera todo y un aroma a musgo impregnaba cada centímetro cúbico de aire. Cualquiera hubiera jurado escuchar en la lejanía a una tagala tararear la famosa habanera “yo te diré” lamentándose por no poder estar con su amado.



Mientras el taller se convertía en un espacio donde dar rienda suelta a la fantasía (también a las frustraciones y noches de insomnio), la fundación Museo del Ejército se encargaba de gestionar la campaña de micromecenazgo que financiaría los gastos del monumento. No fue tarea fácil. Las aportaciones individuales, aun siendo muy numerosas, no cubrían el monto total, así que la Fundación se encargó de que grandes empresas quedaran seducidas por el proyecto y completaran el presupuesto previsto. Por otro lado, desde el Cuartel General del Ejército se realizaban las gestiones oportunas con el gobierno municipal de la ciudad de Madrid para coordinar el emplazamiento del monumento, pero nadie contaba con que el proyecto no era del agrado de la corporación y la documentación quedó guardada en un cajón del que nadie supo rendir cuentas.


Los trabajos de modelado concluyeron y los moldes de la escultura se enviaron a la fundición. La escultura se realizaría en bronce, algo incontestable ya que es el material que mejor soporta la intemperie y las agresiones externas. Y el procedimiento empleado sería el mismo que desde hace milenios: fundición en bronce a la cera perdida. Da vértigo pensar que nada ha cambiado desde la Antigua Grecia, pero a la vez aporta una sensación de respeto por la herencia recibida que convierte la disciplina escultórica en uno de los pocos espacios irreductibles en el mundo moderno. Cinceles repasaban el bronce en la fundición, pero a kilómetros de allí labraban el pedestal que sustentaría la estatua. El taller de cantería tenía el encargo de realizar un gran pedestal de corte clásico, sencillo y elegante que embelleciera la escultura pero sin quitarle protagonismo. El frontal, además de la leyenda que identificaba el motivo del homenaje, incluiría un relieve inspirado en el dibujo a plumilla que realizó Martín Cerezo de la iglesia de Baler y dos Laureadas de San Fernando incrustadas en el granito, recordando que tanto al Capitán del destacamento, Enrique de las Morenas, como a Martín Cerezo les fueron concedidas. Ambos motivos en bronce y previamente modelados por Salvador. En los laterales, los nombres de los 49 soldados que resistieron y los tres frailes que, según cuentan las crónicas, aportaron paz espiritual a los sitiados y llegaron a empuñar las armas en un momento dado. Los textos grabados en la cara trasera justificarían todo el despliegue que se estaba llevando a cabo para honrar a los Héroes de Baler; un fragmento del decreto redactado y firmado por Emilio Aguinaldo, lider de la resistencia filipina que merece la pena traer a estas páginas:

“Aquel puñado de hombres aislados y sin esperanzas de auxilio alguno, ha defendido su Bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y de Pelayo”


Pues bien, a pesar de que el enemigo les dedicó palabras tan elogiosas, no han faltado quienes gustan de crear polémica donde no la hay, así que en lugar de inaugurar el monumento el 30 de junio, día de la Amistad Hispano-Filipina, hubo que esperar a que se constituyera la nueva corporación municipal para iniciar los trámites de instalación y de cesión del monumento al Ayuntamiento de Madrid. Nadie pensó que los plazos se demorarían tanto cuando en el pedestal se grabó la fecha de 2019, pero la realidad fue que hubo que esperar hasta el 13 de enero de 2020 para inaugurar. Eso si, por todo lo alto. No se recordaba en la Capital, al margen de los desfiles anuales del 12 de octubre, un acto castrense de tal magnitud desde que la Armada inauguró el monumento a Blas de Lezo. El Jefe del Estado Mayor del Ejército y el Alcalde de Madrid presidieron un acto cargado de emoción, donde los allí presentes pudimos escuchar sinceros discursos pronunciados desde el corazón, emocionarnos con un homenaje a los caídos con sus salvas correspondientes y participar del murmullo de aprobación y satisfacción que salía de las bocas de los descendientes de los Últimos de Filipinas que asistieron, por fin, a un reconocimiento público a sus familiares por parte del pueblo español. La plazuela que acogía tan insigne evento nunca se había visto tan sobrepasada, hasta los vecinos, incapaces de bajar a la calle para disfrutar del acto, se asomaban a los balcones para poder ser partícipes de él. Invitados del ayuntamiento, del ejército, descendientes, curiosos, paisanos que habían llegado desde todos los puntos de España se congregaban al calor de cientos de corazones ardientes que latían juntos en aquella fría mañana de enero. Y entre ellos, dos ausencias inexplicables. El autor de la escultura y el autor del boceto apenas alcanzaban a ver lo que sucedía en la distancia. Nunca sabremos qué sucedió para que, llegado el día de la presentación de su obra, no hubiera sitio para ellos. Lo que si sabemos y sabrán las generaciones futuras es que dentro de la estatua, en una cápsula del tiempo, se conservan los recuerdos que han sido creados gracias a este monumento: fotografías del proceso, de Salvador y de Augusto, enseres personales y mensajes de quienes han participado en el proyecto, algún documento formal y quizá el objeto más emblemático, una bandera de España que acoge a todos y cada uno de los que, con mucho trabajo y esfuerzo, en torno a una gesta culminada hace 120 años, han querido honrar a 52 españoles olvidados que salieron de Filipinas vencidos pero con la dignidad intacta.

Objetos contenidos en la cápsula del tiempo
introducida en el monumento

Al cierre de esta edición nos sorprendemos gratamente con la noticia de que un nuevo acto militar, presidido por la Ministra de Defensa, tendrá lugar el 21 de febrero a las 11 de la mañana. Para esta redacción, que cualquier iniciativa que ponga en valor la mejor Historia de España tenga tan excelente acogida entre las más altas instituciones del Estado y sea motivo de alegría generalizada en un país tan fragmentado, es señal de que los españoles aún conservamos la gallardía y pundonor que en tiempos pasados nos convirtieron en un solo escudo contra agresiones externas y en punta de lanza de las mayores epopeyas que ha vivido la humanidad.



Enlace a la revista completa: http://online.fliphtml5.com/dbzuo/rrpe/#p=13

domingo, 4 de marzo de 2018

La muerte épica



4 de marzo de 1811. Badajoz. Plaza estratégica para las comunicaciones de los ejércitos napoleónicos. La ciudad lleva semanas sitiada por las tropas del mariscal Soult y, aún a sabiendas de que las posibilidades de recibir ayuda son cada día más improbables, los españoles resisten el fuego de artillería francés empujados por la determinación de su General, Rafael Menacho. Su respuesta a la última propuesta de rendición había sido un ¡Viva la Patria!, que días después seguía resonando dentro de los muros de la ciudad y contagiaba de ánimo, pundonor y coraje a los pacenses.


Hacía días que el General Menacho había decidido triunfar o morir en aquella plaza, y como era habitual en él, aquel 4 de marzo volvía a dirigir a sus tropas desde lo alto de la muralla. Sólo en una ocasión, cuando un balazo en la pierna le imposibilitó mantenerse en pie, guardó reposo dos días. Al tercero, sus oficiales le comunicaban que la población estaba alarmada por no ver a su General sobre la muralla, y apoyado sobre un bastón y su Sargento Mayor, volvió a tomar su posición habitual para dirigir las operaciones. Nunca más volvió a faltar de su puesto el General Menacho hasta aquella tarde del 4 de marzo; cuando presenciando los estragos que en las líneas franceses causaban los granaderos españoles, una bala de metralla le penetró por el costado, dejándole mortalmente herido. Apenas siete minutos duró su agonía, y en lugar de dedicarlos a sus seres queridos, se lamentaba por no poder seguir siendo útil a la Patria. Al fin y al cabo, días antes, presagiando su destino, don Rafael, elegante en el vestir, de buena presencia, amable, firme en el mando, eficaz, osado y buen conocedor de su oficio, se había despedido de su esposa:

“Si; cualquiera que sea mi suerte, vencedor o muerto, la tuya será siempre envidiable. Aquella es, dirán todos señalándote con el dedo, aquella es la mujer o la viuda, y aquellos son los hijos de Menacho”


martes, 1 de agosto de 2017

Construyendo y derribando

Una de las cosas que más aprecio de mi profesión es la posibilidad de conocer gente interesante. La gran mayoría de ellos tienen gusto por la historia y las cosas bien hechas tanto como yo, pero cuando a eso le sumas la dedicación a un trabajo exótico y apasionante, te encuentras con personas como Curro Agudo Mangas.
 
El modelado en arcilla del monumento al General Menacho tocaba a su fin. Apenas quedaba terminar el sable, los borlones que colgaban del fajín y el gran problema... La muralla de Badajoz.
 
 
Todas mis esculturas llevan algún símbolo que relacione al personaje con su eco en la eternidad, y lo que caracteriza al General Menacho fue su heróica defensa de la ciudad de Badajoz hasta que una bala de cañón le segó la vida mientras daba órdenes en lo alto de la desvencijada muralla. Ahí estaba el meollo del asunto: una muralla destrozada por el incesante asedio de las tropas napoleónicas y un General que negándose a rendir la ciudad, daba órdenes a las tropas en primera línea de fuego sobre los cascotes que abrían brecha en el Baluarte de Santiago.
 
Y en este punto es cuando te acuerdas de que entre esa gente especial, con profesiones exóticas que conoces gracias a tu trabajo, se encuentra Curro Agudo, modelista naval para más señas. El mejor, de hecho. Curro, que se ha criado al pie de la muralla de Badajoz no se lo piensa un segundo y viene a echarme una mano.
 
Diseñando la muralla
 
Curro lo tenía claro, en lugar de modelar en arcilla  la rotura de la muralla, la construiríamos. En vez de preocuparme, me pareció una idea excelente: ponernos el mono de faena y liarnos a echar cemento y cascotes. La muralla de Badajoz es el recinto fortificado mas grande de España y hay que presumir de ello, así que íbamos a hacerlo bien, respetando lo máximo posible la construcción de mampostería y siendo escrupulosos con el destrozo que doscientos años atrás hacían los incesantes bombardeos sobre el baluarte.
 
Piedras de musgo que servirían para emular la mampostería
 
 
El trabajo duró más tiempo del que esperábamos, pero fue muy divertido escoger donde iría cada piedra y colocarla de forma estética, mientras imaginábamos como volaban los pedazos de muralla con cada cañonazo. O cómo veíamos los pies del General Menacho apisonando el terreno con cada movimiento, con cada arenga, con cada avance...
 
 
 
El resultado fue mejor de lo que esperaba. La base de la escultura que le daba sentido al conjunto estaba terminada. Menacho ya no andaba sobre el aire. Estaba afianzado a la muralla de la ciudad que le vió caer, sujeto a la tierra que doscientos años después le sigue rindiendo honores y encarando a la muerte en una de las gestas más nobles y gloriosas de la Guerra de Independencia.
 
Gracias Curro por haberme traído desde Badajoz el sentimiento de una resistencia épica.
 
 
 
 
 
 

lunes, 6 de julio de 2015

Una historia de honor y coraje

 
 
 
Hay aventuras que merece la pena correr. Hace relativamente poco tiempo que escuché la historia de otro gran español, uno tan grande que desfiló junto a George Washington al terminar la guerra de independencia de EEUU. Cuando el malagueño Bernardo de Gálvez fue nombrado Gobernador de Louisiana, seguramente no imaginaba que cientos de años después estaríamos hablando de él, pero estaba destinado a ocupar un lugar privilegiado en nuestra historia y a que un escultor obsesionado con los actos heróicos le inmortalizara en el año de 2015.
 
Nuestro Gálvez no se lo pensó cuando el futuro Presidente Jefferson solicitó la ayuda española, y yo tampoco me lo pensé cuando "El pintor de Batallas", Augusto Ferrer Dalmau me propuso unir fuerzas para dar mayor proyección a Gálvez. El proyecto era apasionante, un pintor y un escultor colaborando y trabajando sobre el mismo personaje. No se a vosotros pero a mi me encanta la idea. Un cuadro y una escultura que nos retrotraigan al momento en que Bernardo de Gálvez le echó cojones y dijo aquello de "El que tenga honor y valor, que me siga, que yo iré delante para quitarle el miedo".
 
Cuanto más conocía al personaje, más ganas tenía de ponerme manos a la obra, pero me encontré con el problema de siempre. El rigor histórico. Con Gálvez teníamos un problema añadido y es que pertenecía al Ejército de Tierra, pero su hazaña más conocida fue comandando el bergantín Galveztown, asi que volví a pedir ayuda a Mariela Beltrán. No se que haría sin la historiadora más entregada y rigurosa cuando me asaltan las dudas. Como siempre, tenemos diferencias, pero no irreconciliables. Mariela acaba encontrando el subterfugio para que las licencias artísticas que me concedo no sean descabelladas.
 
El caso es que la Guerra de Independencia americana da mucho juego y aunque siempre me sirvo de documentación fiable y veraz, soy de los que ponen en práctica la teoría. Llamé a mi amigo Luis Sorando, que de recreación histórica sabe un rato, para preguntarle como se anudaba el lazo a la coletilla de la peluca. Este tipo de detalles me gusta conocerlos de primera mano, es decir, de alguien que se fija hasta en los botones. Eres muy grande Luis.
 
Antes de comenzar a trabajar con la arcilla, había otra cosa que me preocupaba. De Gálvez hay pocos retratos, si bien, el más conocido no es real, el más contemporáneo no le representaba muy agraciado. Ya conocéis mi tendencia a embellecer la realidad, pero en este caso no quería modelar un rostro imaginado. Quería que fuera alguien real y automáticamente me vino a la cabeza mi gran amigo Jesús de Casteleiro y Villaba, de familia militar desde las Navas de Tolosa, porte marcial y estampa orgullosa. De los que se apuntan a un bombardeo. Lo emocionante de esto, es que un antepasado suyo, D. Juan Villalba y Angulo sirvió a las órdenes de Gálvez, así imaginad las sensaciones de tener al alcance de la mano un pedazo de historia viva. No se a vosotros, pero a mi estás cosas me ponen los pelos de punta.
 
 
 Hoja de servicio de D. Juan Villalba y Angulo

 
 
Una vez organizado el trabajo, me puse manos a la obra. Siempre me pasa lo mismo. Juro y perjuro que es la última vez que me obsesiono con una escultura, pero acabo cayendo en las jornadas interminables y en los pensamientos monotemáticos. Han sido 3 meses de trabajo durísimo en los que sólo al final he conseguido disfrutar con la obra. Ese momento en el que ves la escultura montada a falta de los detalles, cuando empieza el entretenimiento de poner un botón, cuando modelas los galones de Mariscal de Campo en automático; ese momento en el que coronas el sombrero de tres candiles con la "vistosa cucarda encarnada".
 

 

 
 
Ese momento en que anudas la trenza (aún sin terminar) de la peluca con un lazo...
 
 
 
 
Ese momento en el que a falta del sable empuñado con vigor en la mano derecha, ves a Bernardo de Gálvez, con la ceja levantada, gesto firme desafiando los cañones británicos apostados en la bahía de Pensacola y con la determinación de un hombre valiente que representó el coraje español allen de los mares. Ese momento en el que le oyes decir: "YO SOLO"
 
 
 
 
Podréis ver la obra definitiva en la exposición que se hará sobre Gálvez en el mes de diciembre, junto con el lienzo de Augusto Ferrer Dalmau. Ambos esperamos que el objetivo de acercar a la sociedad española la figura de Gálvez se cumpla, pero en mi fuero interno deseo de corazón que algún día alguien recoja el testigo y Bernardo luzca con honor en forma de monumento en algún espacio público destacado de la Capital. Después de recibir numerosos mensajes interesándose por la iniciativa, no pierdo la esperanza. A todos vosotros os digo lo mismo. Hay pocas personas que se atrevan a involucrarse en una empresa de tal calibre y que estén comprometidas con nuestros héroes y nuestra historia. Desde aquí mi reconocimiento a quien hizo posible el monumento a Blas de Lezo: Iñigo Paredes.
 
Un abrazo

lunes, 18 de mayo de 2015

Vocaciones frustradas

No es la primera vez que me dicen: "Pues fíjate que a mi me hubiera encantado ser artista". Pues fíjese que me pasa lo mismo con el Ejército. Desde bien pequeño me escapaba a comprar cajas de soldaditos y montar batallitas en casa. Mi madre bien lo sabe. Quizá sea ella la que me inculcó el amor por el Ejército y los valores castrenses. Mi abuelo, el Coronel Sánchez Losada, al que no llegué a conocer,  sirvió valientemente en el Regimiento de Caballería durante la guerra de África. También se hablaba en casa de cuando mi tío abuelo D. Manuel Zaballos Sánchez, Coronel de Alabarderos, sacó a la Reina Victoria Eugenia de España al proclamarse la República. Y por supuesto, las historias de primera mano contadas por mi querido tío Salva, Comandante de Aviación, y que gracias a él, conservo el fascinante sable de mi abuelo. Todas estas historias familiares fueron calando hondo en el corazón de aquel niño ávido de aventuras y hazañas gloriosas contadas en blanco y negro.
 
Mi abuelo en 1918 cuando aún era Sargento en Melilla
 
 
Pero el destino tenía otros planes para mi. Quiso que heredara el talento de mi padre para las artes y el dominio de la materia, así que aquellos sueños de héroes valerosos se transformaron en sueños mas etéreos y espirituales.
 
No obstante, creo que de alguna manera he intentado mantener vivas aquellas ensoñaciones. Cuando me han encargado una escultura militar, he trabajado con pasión, orgullo y coraje. El estudio se convierte en mi campo de batalla, me pongo a las órdenes del cliente, ataco la escultura por todos los frentes y defiendo la obra a capa y espada.
 
Pocas licencias artísticas me he concedido a lo largo de mi carrera, pero con el monumento a nuestro escritor mas ilustre, Cervantes, quise rendir un secreto homenaje a todos esos soldados anónimos que se han dejado la piel y la vida defendiendo nuestro país, nuestra cultura y a nuestra gente. Un Cervantes a las ordenes de D. Juan de Austria, orgulloso de haber participado en una batalla que según sus palabras fue "la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros". Quizá el plomo que dejó inmóvil la mano al manco de Lepanto también frustró su vocación militar, pero nos ha regalado la mas bella obra literaria de todos los tiempos. No está mal el cambio.
 
 
 
 

sábado, 9 de mayo de 2015

Tal día como hoy

 
 
Hace justamente un año que me embarqué en el proyecto mas apasionante, hasta hoy, de mi carrera. Recuerdo perfectamente las sensaciones que me invadieron cuando me llamaron para decirme que me habían elegido para representar en Madrid a uno de los grandes, de los grandes con mayúsculas, héroes de nuestra patria. En ese momento se apoderó de mí una grandísima responsabilidad, para con la ciudad que me vio nacer y sobre todo para con D. Blas de Lezo. Por algún extraño motivo, llamémosle la visita de las musas, sabía perfectamente lo que tenía que hacer, como hacerlo y de que manera. Creo que nunca he trabajado con tanta seguridad y a la vez, tanto esfuerzo como entonces. El estudio se convirtió en un caos ordenado, acompasado, medido y bien estructurado para que todo saliera a la perfección. Hay mucho que contar, pero eso será otro día. El proyecto en el que estoy trabajando a día de hoy y la reproducción de la replicas del monumento a Blas de Lezo me ocupan todo el tiempo. Curioso, verdad? Hace un año empecé a dar forma a D. Blas en mas de tres metros de altura, y a día de hoy me encuentro dándole forma a 50 cm. A veces tengo la sensación de que Blas de Lezo se quedará conmigo para siempre. En el estudio, cojeando, observándome con un solo ojo y contándome las mil batallas que rodearon su vida en el mar.