El arte es la materialización de un delirio

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viernes, 7 de febrero de 2025

 

Moratalaz: historia de un Encuentro

El 4 de febrero de 2025, el presidente de la Junta Municipal de Moratalaz inaugura, la restauración de la emblemática escultura que dio nombre a la Plaza del Encuentro

 

Por Amanda González

 


Los que hemos crecido en una gran ciudad, tenemos cierta sensación de que esa ciudad se limita a nuestro barrio. El barrio viene a ser ese sentimiento de localismo que puede tener un trujillano respecto a Cáceres o un macoterano respecto a Salamanca. Es el lugar donde hemos crecido y donde, posiblemente, hemos sido inmensamente felices. Es el descampado donde jugábamos al futbol, el parque donde tu primer amor y tú os escondisteis para daros un beso, o el callejón donde aprendiste a aspirar el humo de un cigarrillo robado a tu padre. El barrio son los recuerdos de tu infancia y juventud que provocan humedad en tus ojos cuando asaltan tu mente, la forja de carácter para los jóvenes y añoranza para los más viejos.

En Madrid permanecen algunos de esos barrios con sabor a nostalgia, y uno de ellos se llama Moratalaz. O Morat Alfaz. Un campo sembrado en altura que fue concedido a la Orden de Calatrava en 1206, y que fue pasando de mano en mano hasta que la capital de España decidió expandirse hacia la carretera de Valencia.

No fue hasta los años 60 del siglo pasado, cuando Moratalaz tomó conciencia de si mismo y decidió convertirse en refugio de quienes llegaban a Madrid con la esperanza de encontrar un futuro mejor. Fue en aquellos años en los que el Madrid actual comenzaba a configurarse como ciudad abierta a emigrantes, venidos de todos los rincones de la geografía española, en busca de nuevas oportunidades, cuando la empresa constructora Urbis se encargó de dar forma al barrio de Moratalaz. En 1957, el régimen de Franco creó el tan añorado, actualmente, Ministerio de la Vivienda poniendo en marcha inmediatamente el Plan de Urgencia Social. Urbis se apresuró a comprar la mayoría de los terrenos del nuevo barrio proyectado, y el Ministerio acordó con la empresa la construcción de 500 viviendas subvencionadas para dar una solución habitacional urgente. Siendo Urbis, en aquel entonces, una constructora solvente y de gran proyección, se atrevió no con 500, sino con 5.000 viviendas.



Los moradores de aquellas 5.000 viviendas formaron familias y construyeron su hogar en aquel barrio receptor de nuevos madrileños, que lejos de sentirse en tierra extraña, crearon un Moratalaz con carácter propio. Aquellos vecinos, totalmente decididos a lograr que el barrio prosperara, lo llenaron de niños hasta ganarse el sobrenombre de “el barrio del chupete”, y fruto de aquel empeño y consecuencia del transcurrir de las vidas de los vecinos, Urbis les regaló dos hermosas maternidades en forma de escultura. Don Manuel de la Quintana, fundador de la empresa constructora, encontró en el escultor Marino Amaya el cómplice perfecto para dotar al barrio de iconos visuales con los que los vecinos se sintieran representados. Amaya, escultor leonés afincado en Madrid, era conocido como El escultor de los niños. Sus figuras infantiles, redonditas, de volúmenes sencillos, desprendían una infinita ternura. Niñas con su muñeca o montando en bici; niños con sombreritos de papel o jugando con caballos de madera; grupos infantiles jugando a «saltar al burro» o al corro de la patata. Esculturas que desbordaban inocencia y alegría de vivir.

El escultor Amaya creó varias obras que llenaron los jardines de los bloques de pisos que comenzaron a llenar Moratalaz de vida. Tanta, que fruto del paso del tiempo y de la aparición de los vándalos, fueron desapareciendo. Cabe decir, que todas las esculturas se tallaron en piedra de Colmenar, y aunque esta es un material que resiste bien la intemperie, no aguanta tan bien los embistes destructivos de los enemigos de los bienes comunitarios.



La única escultura que ha aguantado en pie, ha sido una hermosa maternidad formada por una robusta madre con un niño en brazos y otro, más mayorcito y juguetón sujeto para no salir corriendo. Esta maternidad, recientemente restaurada con una limpieza profunda se encuentra en la plaza del corregidor Alonso de Aguilar. Peor suerte corrió el grupo escultórico que daba nombre a la plaza del Encuentro. Una mamá, arrodillada para quedar a la altura de su pequeño, le espera con los brazos abiertos, mientras el niño se lanza hacia ella con sus bracitos también extendidos. De aquellas esculturas solo quedó la base que sostenía al niño y el torso de la madre. Sin saber muy bien qué hacer con aquellos restos, la Junta municipal del distrito los instaló a la entrada de su sede haciendo de ellos un símbolo. Muchos de los que llegaban a la Junta a arreglar papeleos sabían perfectamente que aquella piedra sin brazos ni piernas fue antaño una madre. Otros, los vecinos más nuevos, no sabían de qué se trataba aquella mole pétrea, e incluso sospechaban que podía tratarse de un hallazgo arqueológico encontrado durante las excavaciones de alguna de las innumerables obras de acondicionamiento urbano.

Fue en 2016, dentro de la iniciativa «Decide Madrid» del gobierno de Manuela Carmena, cuando se escuchó a los vecinos pedir la restitución del grupo escultórico justificándolo como que: «Es un sentir casi unánime de los vecinos del distrito de Moratalaz que este grupo escultórico es un emblema histórico de nuestro distrito hasta su destrucción por el vandalismo.» En 2021, el portavoz adjunto de Vox en el distrito de Moratalaz preguntaba en la sesión ordinaria del 12 de mayo por el destino de los restos del monumento al Encuentro y que, ya que estaban abandonados en las dependencias de la Junta Municipal, si se había pensado en una posible restitución. En marzo de 2024, Vox volvió a insistir y esta vez su petición fue escuchada. Un nuevo concejal presidía el distrito de Moratalaz, y casualmente era tan leonés como el escultor Marino Amaya, fallecido diez años atrás. Ignacio Pezuela recogió el testigo. Estaba decidido a recuperar la memoria histórica del barrio, y sucedió lo que nunca visto antes: un responsable político llamando a la familia de un artista fallecido para consultar la mejor manera de honrar su obra.

Carambolas del destino que el hijo de Marino Amaya había heredado la profesión de su padre, y aunque el estilo y la temática de su obra, había tomado otros derroteros, nadie conocía tan profundamente la obra de su padre como él. Salvador Amaya no era ningún desconocido en Madrid. A pesar de que el ayuntamiento de la Capital, jamás le había proporcionado encargo alguno ni financiación, Salvador había conseguido erigir importantes monumentos públicos. Abrió la puerta —que llevaba cerrada al menos ocho décadas— a la escultura de corte histórico militar con un gran monumento al marino Blas de Lezo, gracias a ganas un concurso internacional de carácter privado. La estatua se ubicó en los Jardines del Descubrimiento en tiempos de Ana Botella con una gran inauguración a la que asistió la plana mayor de la Armada, numerosos políticos de prestigio, miles de ciudadanos que con sus aportaciones económicas habían hecho posible el monumento, así como el embajador de Colombia y el Rey emérito don Juan Carlos I de Borbón. Al monumento a Blas de Lezo siguieron el erigido en conmemoración a los Héroes de Baler (más conocidos como Los Últimos de Filipinas) en los Jardines de la Plaza del Conde de Valle-Suchil, y el monumento a La Legión en la Plaza de San Juan de la Cruz con motivo del centenario de su fundación, ambos sufragados por suscripción popular.



Esta vez, Amaya, se enfrentaba a un reto técnico y emocional. Por una parte, debía dejar atrás su estilo clásico y realista para abrazar una figuración esquemática donde apenas importaban las proporciones y la corrección anatómica. Ni siquiera las formas importaban, solo los volúmenes; pero esos volúmenes debían representar claramente una realidad física y unas emociones. No era tarea fácil, y aunque conocía bien la obra de su padre, viajó a Ronda a ver en directo la que posiblemente era la mayor colección de esculturas de Marino Amaya. Quiso la providencia que la Fundación Unicaja recopilara todas las obras que atesoraba de Marino Amaya y las mostrara en una exposición que duraría todo el verano de 2024. Allí se presentó Salvador, cámara en mano, aunque cuando la vigilancia se despistaba, no podía resistir la tentación de acariciar aquellos volúmenes suaves y redondeados. Piedras y bronces daban cuenta de la evolución de un artista que había pasado por modelar niños tristes —posiblemente inspirados en recuerdos de su infancia—, niños juguetones —recuerdo de sus hijos— y maternidades —reflejo espiritual de una época donde primaba el sentido de familia por encima del individualismo hedonista—.

Una vez superadas las dudas estilísticas, Salvador tuvo que decidir cuál era la mejor manera de recrear y respetar la obra perdida. Solo contaba con dos fotografías muy antiguas y los restos vandalizados custodiados en la Junta de Distrito. Estos últimos le servirían para calcular las dimensiones de la obra original. En cualquier otro caso, Salvador habría empezado a modelar desde la nada, pero existiendo una base, decidió que solo modelaría las partes desaparecidas, aunque cabe recordar que del niño que corría hacia la mamá no quedaba rastro. Se escanearon los restos de la madre y la base donde apoyaban los pies del niño, y se reprodujeron a escala real en escayola. A partir de ahí Salvador modeló las piernas, brazos y cabeza de la madre. El niño hubo de crearlo desde cero. Cierto es que en la base vandalizada se podía apreciar el arranque de los piececitos desnudos, pero no había más. Y las fotos eran tan antiguas que apenas se apreciaban detalles, así que Salvador tuvo que recurrir a su madre para que le resolviera dudas como si el niño llevaba o no pantaloncitos. El niño quedó desnudito, de cintura para abajo. Tal y como era el original. Original creado en una época donde nadie se escandalizaba por ver a un nene con la pilila al aire. De hecho, la que suscribe recuerda su niñez en la playa de Torremolinos sin más preocupación que la de jugar al ritmo de todos los estímulos que produce en un niño salir de su rutina.



Volvamos al encuentro de El Encuentro. Tanto Salvador, el escultor, como Ignacio, el concejal, estaban de acuerdo en que había que evitar que los sempiternos vándalos volvieran a hacer de las suyas. Acordaron que el monumento no sería de piedra como el original, sino de bronce. Para destrozar una escultura en piedra basta con una maza u objeto contundente; vandalizar un bronce ya es harina de otro costal. No hay más que echar la vista atrás y recordar como en 1972 se rescataron del mar Jónico dos magníficas esculturas de bronce del siglo V a.C. en perfecto estado de conservación. Una vez que madre e hijo volvieron a tomar forma, el propio escultor hizo los moldes (necesarios para el proceso de fundición en bronce), y los llevó a la Plataforma Artística Ponce, una fundición con muchos años de experiencia a sus espaldas, y en quien Salvador confió para que reprodujeran fielmente en bronce el modelado en barro.

El 20 de diciembre de 2024, Moratalaz recuperó un cachito de lo que fue. Moratalaz se ha mantenido lleno de vida, con las mismas esperanzas de futuro y el mismo sentimiento de comunidad de vecinos. No en vano, los hijos de aquellos primeros moradores han formado sus propias familias en el mismo barrio que los vio nacer. Ese 20 de diciembre Moratalaz volvió a ser Moratalaz. Aquel barrio nacido de la necesidad de acoger nuevos madrileños, protegido por el Ministerio  de la Vivienda, levantado por la empresa de don Manuel de la Quintana y dotado plásticamente por el escultor Marino Amaya, recobraba su memoria gracias a la sensibilidad de un concejal leonés y al buen hacer de un escultor madrileño. El primero ha honrado su cargo, y el segundo a su padre. ¿Qué más se puede pedir? 

martes, 16 de febrero de 2021

Entrevista para la revista LA EMBOSCADURA

 


Salvador Amaya (Madrid, 1970). Hijo del escultor Marino Amaya, desde su infancia vivió y asimiló ese ambiente artístico, aprendiendo con su padre y ayudándole ya desde la adolescencia. Incluso en varias ocasiones trabajaron juntos, como es el caso del Monumento a los Donantes de Sangre en León. Las influencias en su obra son diversas y van desde los grandes clásicos de la escultura, los maestros renacentistas italianos, llegando hasta nuestros clásicos como Benlliure, Marina, Querol... En su larga treintena de obras realizadas públicamente, se destaca el carácter histórico, religioso y patriótico de sus encargos. Obras como el monumento a Blas de Lezo, al general Menacho o la que está realizando en estos momentos a los Últimos de Filipinas son algunas de sus realizaciones más conocidas.


Para empezar, nos gustaría que nos relatara lo determinante que debió resultar la influencia paterna para que Ud. decidiera seguir sus pasos, de qué modo el ambiente familiar realmente llegó a “modelarle” o si por el contrario piensa que su inclinación surgió de un modo natural, hallando ahí el ambiente más propicio para desarrollar su talento.

 Indudablemente, haber nacido en un ambiente artístico facilitó mi acercamiento hacia las bellas artes. Lo que para otra persona hubiera sido una decisión y un proceso lleno de dudas, a mi me fue dado como una forma natural de vida. Debo decir que aunque en mi familia hemos vivido siempre del arte, mi primera vocación no fue la artística, sino la militar. La rama materna estaba vinculada al ejército y desde pequeño me llamaron la atención los uniformes y los valores de la milicia. Finalmente no pude ingresar en la Academia militar, y esa decisión de escoger el camino difícil, el de la bohemia, la creación y la permanente lucha con uno mismo, surgió de forma natural por no resultarme un modo de vida extraño. Lo que agradezco a la vida es haber podido compaginar esas dos grandes pasiones, el arte y el ejército, ayudándome de la capacidad creadora para poner en valor las grandes gestas militares.

 

El hecho de no haber tenido una preparación estrictamente académica, ¿puede haber influido en el resultado actual de su arte, o simplemente fue la manera que mejor se adaptó a su forma de aprender?

 Mi única preparación ha sido la observación, primero con mi padre, después con Juan de Ávalos, y mientras tanto hojeando libros de los grandes maestros. Siempre necesitas alguna base, si no para definir un estilo, si para conocer los procesos necesarios para poder llevar a cabo la escultura de principio a fin. Es decir, lo que antaño se estudiaba en las academias artísticas. Hoy por hoy no tengo claro qué asignaturas se imparten. Las vanguardias, performances y todo lo que hoy tiene valor en los circuitos artísticos no contiene unos procedimientos que puedan aprenderse, así que de alguna manera agradezco haber podido aprender de los clásicos. Dudo que mi evolución artística hubiera sido la misma si me hubiera formado en un ambiente tan contaminado ideológicamente y tan decadente espiritualmente como el que ofrecen las escuelas de arte. Los estudiantes se enfrentan a la confusión, a no saber que se exige de ellos, a vagar por senderos inciertos sin estándares mínimos que definan sus aptitudes. Tal y como yo entiendo el arte, dudo que hubiera evolucionado hasta lo que soy hoy, ni siquiera se me habría permitido.

 

El arte, en todas sus variantes, nos muestra múltiples aspectos del ser humano: todos sus miedos, esperanzas, sueños… y sobre todo su deseo de poder alcanzar lo inalcanzable y controlar lo incontrolable, como la vida eterna, la omnisciencia o el paraíso en la Tierra. ¿Es acaso el arte la manera más sublime de vida? ¿en qué medida cree que habría cambiado su vida si se hubiera dedicado a otra cosa?

 Quizá me equivoque, pero la profesión que elegimos determina en gran medida lo que somos. El arte desde luego condiciona porque es una forma de vivir, y con vivir no me refiero sólo a subsistir, sino a vivir en su significado más pleno. A pesar de que el proceso creativo es muy intimo e introspectivo, el fin de la obra artística es poder ser compartida y mostrada. El artista necesita dar plasticidad a un concepto para crear un vínculo físico que le una al espectador, de otro modo estaríamos moviéndonos en el mundo de las ideas exclusivamente. En mi caso, el arte es una herramienta que me permite crear símbolos de unión, de identidad, de pertenencia; iconos reconocibles que encarnen unos valores apreciados por nuestra nación y que sirvan para recordarnos que somos herederos de una historia maravillosa forjada por hombres extraordinarios. Si algo así, algo que encarna un ideal que nos superará a todos nosotros es o no sublime, no me corresponde a mi decirlo, pero si que considero que dentro de las bellas artes, la escultura monumental es superior al resto de disciplinas. Es la única que no pertenece exclusivamente a quienes pueden pagarla y es la que se atiene (o así debería ser) a las características del pueblo del que nace, ya que es para ese pueblo para quien se realiza. En ocasiones se sacrifica el significado, ya que en estos tiempos no existe una línea cohesionadora, pero el espíritu y las formas heredadas permanecen de algún modo.


El arte de la escultura se hunde en la noche de los tiempos. Ya los hombres primitivos tenían una imperiosa necesidad de representar sobre la materia su visión de las cosas. Hoy, en un lapso de tiempo tan breve, nuestra tecnología parece querer cargarse a la piedra y el papel. ¿Cree en la pervivencia de la escultura y la escritura tal y como las hemos conocido, o por el contrario, en un reemplazamiento “digital”?

 Me encantaría decir que si, que nunca podrán matar milenios de interpretación de la naturaleza y de aspiración a honrar las capacidades que se nos han otorgado. Los expertos, galeristas, críticos, curadores, y todo un sinfín de personajes que pululan alrededor del arte intentan hacernos creer que cualquier forma de creación es válida. Que lo importante es el artista, el creador, su visión de las cosas y lo que quiere transmitir. No les importa haber ahorrado en procesos técnicos, y no se dan cuenta que esos procesos técnicos, con sus avances y retrocesos, sus momentos de inspiración y frutración, forman parte también de la obra y se ven reflejados en ella. Creen que desde las ideas pueden explicar el proceso creativo y se equivocan. Sólo pueden justificar la parte individualista del artista pero no pueden justificar la obra. Necesitan de una serie de artificios y distracciones para dar contenido y valor a lo que intentan imponer. Me aferro a la esperanza de que existen ciclos universales y que tarde o temprano, el ser humano necesita encontrarse con los orígenes, y que buscando respuestas vuelve tras los pasos de sus ancestros. Sé que así debe ser, sólo que en ese tránsito vamos a perdernos grandes talentos y obras universales que jamás verán la luz porque las circunstancias no han sido favorables para desarrollarse.


El artista es visto y adivinado en buena medida a través de sus creaciones. ¿Podemos pensar entonces que Ud. en cada personaje histórico o religioso que ha representado, les ha dejado algo de sí mismo, aunque no haya sido intencionadamente? ¿Cuál ha sido el que más le ha hecho ilusión realizar, o le ha marcado más?

 Por supuesto. Y no sólo he podido dejar una huella en ellos, sino que valoro más la que han dejado ellos en mi. Cada uno de esos personajes han entrado en mi y me han enriquecido. Al fin y al cabo, la escultura no transmite color, ni paisaje, ni profundidad; la escultura transmite valores, y para realizarla necesito empaparme de ellos, identificar al personaje con algo concreto de su carácter: tenacidad, valentía, arrojo, orgullo, fortaleza de espíritu, etc. Cada monumento tiene su propia historia detrás y debe captar toda ella en el preciso momento que se muestra. Para ello necesito documentarme, no se hacerlo de otra manera porque a medida que avanzo en la realización de la escultura, me va pidiendo detalles que desconozco o secretos que necesito desentrañar. Muchas noches me he sorprendido hablando con mis personajes mientras trabajaba en ellos, el diálogo se hace necesario cuando durante los meses que dura el modelado, todo en el taller se transforma y se traslada a otras épocas y lugares. Un ejemplo que sirve para explicar ese proceso fue el monumento a Blas de Lezo, que además creo que fue definitorio en mi carrera. La responsabilidad de instalar un monumento en Madrid, la capital de España, y mi ciudad natal, era tan grande que asimilé el personaje en lo más profundo de mi ser. Le agradecía lo fácil que fue meterme en su piel por lo singular de su experiencia de vida y le pedía también iluminación cuando me asaltaban dudas. La complicidad que conseguí con él fue transformadora porque me facilitó el camino con personajes que vendrían después. Hasta ese momento había usado medios materiales para acercarme a mis personajes pero el aprendizaje de conectar espiritualmente con el personaje me lo proporcionó Blas de Lezo


Si deseáramos ubicar en cada rincón de España una escultura que simbolizase los grandes de la historia de ese lugar, sin duda alguna tropezaríamos en cada esquina con una… ¿Qué personaje o hechos de nuestra historia nacional cree que están poco o nada mostrados, y a qué se puede deber?

 Todos, de un modo u otro, hemos vivido episodios singulares y nos hemos podido convertir en héroes, así que en base a eso, nos faltarían muchísimos. Cosa distinta es que esas hazañas sean motivo de inspiración para los artistas o para las generaciones futuras. Echo en falta muchos personajes, sobre todo, por lo que han aportado al desarrollo de nuestra historia. Me faltan por ejemplo, don Juan de Austria o Nuñez de Balboa, pero más grave es la ausencia de reconocimientos a quienes dieron su vida por España y fueron ocultados por diversos intereses. Me vienen a la cabeza los marinos de Trafalgar. Tenemos a Churruca, que murió heroicamente luchando contra cuatro navíos, y que sólo en su pueblo natal tiene el reconocimiento de una estatua. Existe una corriente poderosa que no entiendo muy bien y que tiende a ocultar las derrotas en lugar de poner en valor lo positivo que hubo en ellas. El ser humano, en circunstancias adversas y situaciones límite, saca lo peor y lo mejor, y cuando esas vidas has sido ejemplares y han adquirido la eternidad luchando con nobleza y por un ideal superior, no hay derrota que pueda superar a tanta gloria. Por otra parte también percibo que durante muchos años, no ha habido interés en mostrar la grandeza de los hechos que conformaron nuestra nación, como si a través de los planes educativos se hayan ocultado los motivos de orgullo para hacer de nosotros ciudadanos dóciles y manipulables por no saber la excelencia de nuestra procedencia

 

Hemos visto en su página (salvadoramaya.com) que uno de los encargos más frecuentes son los bustos del Jefe del Estado, primero con Juan Carlos I y luego con su hijo y actual rey de España, Felipe VI. ¿Es la monarquía un factor intrínseco de la identidad española?

 A día de hoy no lo tengo muy claro, pero hasta el siglo XX ha formado parte de nuestra identidad. En la actualidad la monarquía ha quedado relegada a ser un símbolo del Estado pero en cierta manera continúa actuando como elemento aglutinador. Y me alegra que por lo menos exista un jefe del Estado y una máxima autoridad militar que tenga una notable preparación profesional para contrarrestar la mediocridad que se ha instalado en las instituciones. Los retratos de la clase dirigente forman parte de la Historia del Arte, y también gracias a esos retratos, hoy podemos acercarnos a la figura de Pericles o Alejandro Magno. Ya sea por su importancia en la historia o porque ha querido inmortalizarse, el busto es un clásico en la disciplina escultórica. Y muy difícil, por cierto. El retratado debe reconocerse y a la vez encontrarse agraciado, y eso no siempre entra dentro de la realidad. Con respecto a Juan Carlos I y Felipe VI, puedo decir que guardo buenos recuerdos de ambos. El busto de Juan Carlos I fue un encargo que inicialmente se hizo a mi padre, pero que finalmente realicé yo. Fue mi primera obra pública y tuve la suerte que fue inaugurada por el propio rey. A Felipe VI ya le conocía con anterioridad pero cuando Casa Real decidió que la imagen con la que la historia reconocería al actual rey era con barba, hubo que actualizar todos los retratos. Los ayuntamientos y administraciones públicas suelen usar cuadros o láminas para colgar, pero las instituciones militares gustan de contar con el retrato tridimensional. Quizá es una forma más tangible de tener presente al jefe del ejército


Y hablando de historia reciente, es evidente que la llamada “Ley de memoria histórica” se está convirtiendo en una persecución iconoclasta de monumentos por toda la geografía. ¿Hasta que punto se pueden o deben retirar, reformar, “resignificar”, demoler o conservar monumentos históricos que tal vez fueron concebidos muy de acuerdo con un régimen concreto, y con el cual se desea cortar toda relación simbólica? ¿Es siempre lícita la “damnatio memoriae”? Pensamos, por ejemplo, en el Valle de los Caídos.

 En mi familia nos ha afectado particularmente. Han retirado muchísimas obras de mi padre dedicadas a José Antonio, incluso antes de la Ley. La última canallada ha sido retirar el monumento al alférez provisional que mi padre tenía en Ciudad Real, al que desde hacía ya muchos años le habían retirado cualquier simbología que contraviniera la nueva ley. Respeto al Valle de los Caídos, no tengo palabras. Se cómo se están desmoronando poco a poco los Evangelistas, y como usaran el estado de ruina (subsanable con algo de mantenimiento) para justificar su desmantelamiento. Creo que Ávalos intuía lo que pasaría, llevaba muchos años en el punto de mira y a nivel profesional llegó a perjudicarle. No podemos obviar que en temas artísticos y culturales, hay un sector ideológico que trata muy bien a los suyos y que envía al ostracismo a quienes se posicionan enfrente o a incluso a los que ignoran la faceta política. En los últimos días he llegado a escuchar que existe un informe donde dice que el Valle de los Caídos no tiene valor artístico ninguno. En este país se pueden decir ese tipo de calificativos y no existen consecuencias. No existen para ellos, claro, pero para millones de españoles capaces de reconocer la inmensidad de un obra universal, la grandeza con la que fue concebida, el esfuerzo conjunto que hizo que la nación levantara uno de los monumentos más visitados del país, lo que pretenden hacer es un insulto. Conozco al hijo de Ávalos y se de la lucha que lleva desde hace muchos años para mantener el legado de su padre. Ya no es sólo el conjunto artístico que hay en el Valle, son las cientos de esculturas, moldes y reproducciones que quedan que Juan de Ávalos y que ninguna institución quiere responsabilizarse de ellas. No albergo muchas esperanzas en que el legado artístico afectado por el odio de la izquierda pueda salvarse, pero estoy seguro que la historia no perdonará la desaparición de la obra de parte de una generación artística


El arte moderno figurativo no suele gozar del mismo estatus que el abstracto o que algunas tendencias digamos “peculiares” (como las obras obesas de Botero o los perros globo de Jeff Koons). ¿Es un arte condenado a sobrevivir solo en salas polvorientas de los museos, o sencillamente permanecerá pese a todo?

 No hay sitio en los museos para el arte figurativo actual. En los museos de arte contemporáneo, lo más figurativo que podemos encontrar son los ejemplos que planteas en las preguntas. La desaparición del arte clásico es un hecho, y no porque los artistas no quieran experimentarlo, sino porque los mercados no tienen paciencia para esperar una obra cuyo proceso de creación tarda meses y porque los inversores ya no buscan belleza, sino piezas que los críticos de arte se aseguran de que se revaloricen. Las pocas obras del Arte Universal que quedan en el mercado, como el Salvator Mundi de Leonardo da Vinci, pasan de manos privadas a manos privadas, no hay museo ni institución pública que se haga con ellas. Los museos tienen que hacerse eco de las corrientes actuales y actúan en consecuencia. Forman parte de la sociedad y como tal, son un fiel reflejo. Si la decadencia asola al mundo del arte, los museos lo muestran.

 

Para terminar, ¿cree que en España hay o puede haber una generación interesante de artistas que pueda proyectar trabajos que muestren una “marca España” digna de nuestra historia? También que nos comentase, si es posible, algunos de sus próximos proyectos.

No quiero despedirme dejando la sensación de que no hay esperanza de recuperación de un arte realizado desde la honestidad y desde unos principios fundamentales. El anhelo de perdurar siempre se impondrá al artista. El falso artista será el que caiga en el camino fácil y en las corrientes impuestas por la degeneración espiritual, pero siempre habrá un destello de luz que reaccione con fuerza y se rebele. Personalmente no tengo mucho trato con los círculos artísticos pero en las fundiciones y talleres aún me sorprendo encontrando obras de calidad, o por lo menos, excelentes intentos. En lo que coincidimos los colegas más afines es en lo difícil que nos lo ponen y en lo necesario de que vuelva la formación artística, y si no puede ser en la escuelas, que vuelva en los talleres de escultura, como cuando rebosaban vida con el ir y venir de los aprendices, el esforzado martilleo de los ayudantes, y el intercambio de impresiones entre artista y mecenas. Dudo que en España podamos disfrutar de un renacer semejante mientras sigamos las corrientes globalistas, pero no dejemos que permanecer alertas ante los atisbos de talento. Respecto a mis próximos proyectos, pues no sabría decir. Vivimos tiempos inciertos y lamentablemente mi trabajo va vinculado a cierta estabilidad política y económica. La inseguridad ahuyenta al dinero y sin él, difícilmente podemos hacer algo. Hay intención de seguir rescatando pasajes heroicos y epopeyas de la historia de España, pero ahora mismo toca esperar. Lo que si es seguro es que este 13 de enero, por inauguraremos el monumento a los Héroes de Bales, que después de la falsaria película que se filmó hace poco, se hacía necesario contrarrestar. No quiero despedirme sin agradecerles las preguntas y la atención a sus lectores

miércoles, 26 de febrero de 2020

Un monumento al coraje y la dignidad

Artículo para el Nº 16 de FD Magazine. Por Amanda González




Podría parecer un acto de desagravio. Después del mal sabor de boca que dejó a la mayoría de cinéfilos y amantes de la historia, la película de Salvador Calvo, 1898: Los Últimos de Filipinas, se hacía necesario desempolvar aquella vieja historia que, a través de nuestros abuelos, nos había sido narrada desde el coraje que enardeció los corazones de un pueblo y los impulsó a sobreponerse al desastre del 98, y desde la nostalgia de guerras pasadas donde la necesidad y los ideales eran la base de unos valores hoy desaparecidos. Había que poner en valor aquella historia, y en estos tiempos que vivimos, en los que prima el sensacionalismo por encima de la verdad, se hacía necesario abordar la gesta de los Héroes de Baler desde el rigor histórico. Quienes conozcan lo que sucedió durante el 
asedio, saben que la historia tiene material suficiente como para no necesitar aderezarla con sargentos crueles ni con hermosas indígenas enamoradas de los nuestros. Que haberlas, las hubo, claro, pero no tan inocentes como las de la película de Antonio Román estrenada en 1945, ni tan perversas como nos las pintaba el ya mencionado Salvador Calvo en 2016. Para cuando estalló la revuelta, no es que hubiera una exótica presencia española en Filipinas y las nativas se deshicieran en atenciones hacia los extranjeros, sino que Filipinas era tan española como Burgos o Logroño, y las relaciones humanas entre quienes allí convivían entraban dentro la naturalidad. Así que, con estos mimbres, se quería dar a conocer la grandeza de los Héroes de Baler desde la verdad y la justicia histórica; y es que en 2019 se cumplía el 120 aniversario de la gesta y ni el Ejército de Tierra, ni el escultor Salvador Amaya iban a dejar pasar más tiempo para conmemorar la hazaña de los Héroes de Baler con un monumento público que trascendiera al tiempo y a nuestra generación, y recordara de forma perpetua que España mantiene viva la memoria de quienes se dejan la piel y las entrañas por la patria.


Como no podía ser de otra forma, Augusto Ferrer-Dalmau respondió a la llamada y quiso aportar su talento al proyecto. Las reuniones entre los artistas, pintor y escultor, para definir como se representaría la gesta, se fueron sucediendo durante las semanas que precedieron al encargo en firme por parte de la Fundación Museo del Ejército. El monumento tenía que representar una hazaña, la resistencia de 52 hombres en terreno hostil, el abandono al que se vieron sometidos, el respeto a las ordenanzas, la responsabilidad de defender el territorio español, el coraje con el que aquellos soldados cumplieron con su deber más allá de las consecuencias, y la presión que soportaron durante un asedio en una iglesia que, a pesar de lo humilde de su construcción, fue su refugio y hogar durante 337 días. Demasiadas emociones. Demasiada grandeza. La dificultad de representar artísticamente un episodio tan épico, que a día de hoy se estudia en las academias militares de todo el mundo, se hizo patente, y es que, como siempre en estos casos, la fuente de financiación iba a ser un problema. Se decidió recurrir a una suscripción popular, o campaña de micromecenazgo como se conoce actualmente. No sólo se pretendía recaudar fondos sino también dar la oportunidad a la sociedad civil de formar parte de un proyecto que conjugaría arte e historia, y sobretodo, participar de un propósito colectivo de los que hacen país. Un proyecto común que aportaría cohesión a una nación demasiado fracturada.


Con un objetivo presupuestario realista, Ferrer-Dalmau realizó un boceto del monumento con una sola figura, y lógicamente no podía ser otra que la del oficial superviviente cuyo carisma hizo posible la resistencia. Su nombre era Saturnino Martín Cerezo y su graduación, la de Segundo Teniente. Cuando el beriberi comenzó a hacer estragos entre los asediados, Martín Cerezo quedó como último oficial al mando. Su formación, ejemplaridad y unas cualidades personales singulares hicieron posible que el grupo se mantuviera compacto y sin fisuras. No hay que olvidar que aquel grupo de soldados sobrevivieron casi un año en condiciones extremas, inmersos en un conflicto armado y poniendo a prueba día a día su resistencia física y espiritual. No alcanzamos a imaginar las sensaciones y pensamientos que recorrían los muros de la iglesia de Baler pero seguramente allí dentro, se puso de manifiesto lo mejor y lo peor del ser humano. Y si prevaleció lo bueno, tengan ustedes por seguro que el responsable de ello fue Martín Cerezo.


Los pilares del monumento comenzaron a tomar solidez en el mes de noviembre de 2018. La estructura metálica que soportaría el peso de la arcilla, iba adoptando las líneas básicas a base de alambres y soldadura. Compases, plomadas, escuadras de dimensiones colosales y cintas métricas reposaban en el suelo del estudio durante los escasos momentos en que se les daba descanso. El respeto por las proporciones y el equilibrio en la estructura es algo que el escultor, Salvador Amaya, cuida desde los cimientos de la obra, desde que la concepción de una imagen tridimensional gira en su cabeza y aturde la capacidad de sus sentidos para cualquier cosa que no sea dar volumen a los espacios vacíos. Esos huecos en el espacio fueron llenándose con materia arcillosa hasta que una aproximación al boceto se hizo patente, y dio comienzo el tiempo en que dar sentido y movimiento a las formas se convierte en un ejercicio de pura creatividad. La figura de Martín Cerezo cobraba vida a la vez que tomaban forma los pliegues de sus ropas. La fuerza en sus piernas traspasaba la densidad de la materia y se vislumbraba la tensión de sustentar el peso de un cuerpo dispuesto a presentar batalla. Los brazos parecían agitarse al son de las órdenes que salían de la garganta de aquel hombre de barro y sólidos principios. El torso giraba en un movimiento helicoidal permitiendo su visión desde cada uno de los 360 grados que lo rodeaba. Un rostro reconocible asomaba bajo la visera de la gorra del teniente. Martín Cerezo volvía a la vida entre las manos de un artista.


La realidad hizo acto de presencia. Al proceso creativo le sigue la consolidación de los detalles, y es ahí, donde los teóricos de la Historia elevan o abaten una obra de arte. No deja de resultar curioso que se anteponga la veracidad de un humilde botón a la concepción global de una creación cuando de escultura se trata, pero quizá en tanta inclemencia por parte de la crítica radica el éxito, no en vano la exigencia autoimpuesta por el artista persigue alcanzar la excelencia. Aunque el proyecto contaba con el respaldo del Instituto de Historia y Cultura Militar, se hacía necesario recurrir a un asesor histórico con quien poder consultar cualquier duda y a cualquier hora del día, la inspiración es imprevisible y suele aparecer de forma inesperada. El coronel Guerrero Acosta se convirtió en el experto en quien confiar la uniformidad y el equipo. Detalles que pasarían desapercibidos posteriormente como el emblema del Regimiento de Cazadores número 2 en el cuello mao de la guerrera, o más visibles como el revolver Orbea número 7 hubo que modelarlos a escala 1:1,5, la misma con que se estaba construyendo el monumento. Por la noche, cuando la luz de los focos incidía sobre la visera dela gorra y ésta dejaba en penumbra la mirada de Martín Cerezo, parecían oírse disparos y los desgarradores gritos del combate. El taller se oscurecía como si la exuberante vegetación de la isla de Luzón lo cubriera todo y un aroma a musgo impregnaba cada centímetro cúbico de aire. Cualquiera hubiera jurado escuchar en la lejanía a una tagala tararear la famosa habanera “yo te diré” lamentándose por no poder estar con su amado.



Mientras el taller se convertía en un espacio donde dar rienda suelta a la fantasía (también a las frustraciones y noches de insomnio), la fundación Museo del Ejército se encargaba de gestionar la campaña de micromecenazgo que financiaría los gastos del monumento. No fue tarea fácil. Las aportaciones individuales, aun siendo muy numerosas, no cubrían el monto total, así que la Fundación se encargó de que grandes empresas quedaran seducidas por el proyecto y completaran el presupuesto previsto. Por otro lado, desde el Cuartel General del Ejército se realizaban las gestiones oportunas con el gobierno municipal de la ciudad de Madrid para coordinar el emplazamiento del monumento, pero nadie contaba con que el proyecto no era del agrado de la corporación y la documentación quedó guardada en un cajón del que nadie supo rendir cuentas.


Los trabajos de modelado concluyeron y los moldes de la escultura se enviaron a la fundición. La escultura se realizaría en bronce, algo incontestable ya que es el material que mejor soporta la intemperie y las agresiones externas. Y el procedimiento empleado sería el mismo que desde hace milenios: fundición en bronce a la cera perdida. Da vértigo pensar que nada ha cambiado desde la Antigua Grecia, pero a la vez aporta una sensación de respeto por la herencia recibida que convierte la disciplina escultórica en uno de los pocos espacios irreductibles en el mundo moderno. Cinceles repasaban el bronce en la fundición, pero a kilómetros de allí labraban el pedestal que sustentaría la estatua. El taller de cantería tenía el encargo de realizar un gran pedestal de corte clásico, sencillo y elegante que embelleciera la escultura pero sin quitarle protagonismo. El frontal, además de la leyenda que identificaba el motivo del homenaje, incluiría un relieve inspirado en el dibujo a plumilla que realizó Martín Cerezo de la iglesia de Baler y dos Laureadas de San Fernando incrustadas en el granito, recordando que tanto al Capitán del destacamento, Enrique de las Morenas, como a Martín Cerezo les fueron concedidas. Ambos motivos en bronce y previamente modelados por Salvador. En los laterales, los nombres de los 49 soldados que resistieron y los tres frailes que, según cuentan las crónicas, aportaron paz espiritual a los sitiados y llegaron a empuñar las armas en un momento dado. Los textos grabados en la cara trasera justificarían todo el despliegue que se estaba llevando a cabo para honrar a los Héroes de Baler; un fragmento del decreto redactado y firmado por Emilio Aguinaldo, lider de la resistencia filipina que merece la pena traer a estas páginas:

“Aquel puñado de hombres aislados y sin esperanzas de auxilio alguno, ha defendido su Bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y de Pelayo”


Pues bien, a pesar de que el enemigo les dedicó palabras tan elogiosas, no han faltado quienes gustan de crear polémica donde no la hay, así que en lugar de inaugurar el monumento el 30 de junio, día de la Amistad Hispano-Filipina, hubo que esperar a que se constituyera la nueva corporación municipal para iniciar los trámites de instalación y de cesión del monumento al Ayuntamiento de Madrid. Nadie pensó que los plazos se demorarían tanto cuando en el pedestal se grabó la fecha de 2019, pero la realidad fue que hubo que esperar hasta el 13 de enero de 2020 para inaugurar. Eso si, por todo lo alto. No se recordaba en la Capital, al margen de los desfiles anuales del 12 de octubre, un acto castrense de tal magnitud desde que la Armada inauguró el monumento a Blas de Lezo. El Jefe del Estado Mayor del Ejército y el Alcalde de Madrid presidieron un acto cargado de emoción, donde los allí presentes pudimos escuchar sinceros discursos pronunciados desde el corazón, emocionarnos con un homenaje a los caídos con sus salvas correspondientes y participar del murmullo de aprobación y satisfacción que salía de las bocas de los descendientes de los Últimos de Filipinas que asistieron, por fin, a un reconocimiento público a sus familiares por parte del pueblo español. La plazuela que acogía tan insigne evento nunca se había visto tan sobrepasada, hasta los vecinos, incapaces de bajar a la calle para disfrutar del acto, se asomaban a los balcones para poder ser partícipes de él. Invitados del ayuntamiento, del ejército, descendientes, curiosos, paisanos que habían llegado desde todos los puntos de España se congregaban al calor de cientos de corazones ardientes que latían juntos en aquella fría mañana de enero. Y entre ellos, dos ausencias inexplicables. El autor de la escultura y el autor del boceto apenas alcanzaban a ver lo que sucedía en la distancia. Nunca sabremos qué sucedió para que, llegado el día de la presentación de su obra, no hubiera sitio para ellos. Lo que si sabemos y sabrán las generaciones futuras es que dentro de la estatua, en una cápsula del tiempo, se conservan los recuerdos que han sido creados gracias a este monumento: fotografías del proceso, de Salvador y de Augusto, enseres personales y mensajes de quienes han participado en el proyecto, algún documento formal y quizá el objeto más emblemático, una bandera de España que acoge a todos y cada uno de los que, con mucho trabajo y esfuerzo, en torno a una gesta culminada hace 120 años, han querido honrar a 52 españoles olvidados que salieron de Filipinas vencidos pero con la dignidad intacta.

Objetos contenidos en la cápsula del tiempo
introducida en el monumento

Al cierre de esta edición nos sorprendemos gratamente con la noticia de que un nuevo acto militar, presidido por la Ministra de Defensa, tendrá lugar el 21 de febrero a las 11 de la mañana. Para esta redacción, que cualquier iniciativa que ponga en valor la mejor Historia de España tenga tan excelente acogida entre las más altas instituciones del Estado y sea motivo de alegría generalizada en un país tan fragmentado, es señal de que los españoles aún conservamos la gallardía y pundonor que en tiempos pasados nos convirtieron en un solo escudo contra agresiones externas y en punta de lanza de las mayores epopeyas que ha vivido la humanidad.



Enlace a la revista completa: http://online.fliphtml5.com/dbzuo/rrpe/#p=13

domingo, 4 de marzo de 2018

La Trascendencia de la Materia

Mi homenaje al gran maestro Venancio Blanco publicada en ABC el 23 de febrero de 2018



Nacido en la salmantina localidad de Matilla de los Caños del Río, Venancio Blanco bebió de las fuentes de la sobriedad castellana y de ese lento transcurrir entre las dehesas del Campo Charro. Su obra es reflejo de esa verdad que se revela en el corazón del hombre, cuando habiendo conocido la miseria y la grandeza del ser humano, la vida te señala el camino a seguir. Venancio Blanco, último exponente de esa generación de hombres que convirtieron el arte en profesión y la escultura en oficio, se nos fue tal y como vivió: con sencillez, sin necesidad de alardes ni de hacer ruido, sin anteponer su persona artística a su obra, dejando un legado perfectamente reconocible y definido.

La fuerza y potencia que imprimía a sus bronces le convirtieron en el poco frecuente «profeta en su tierra» ; y es que allí conservan con mimo y exquisitez obras como sus inconfundibles Vaquero charro y San Francisco de Asís. Su etapa como director de la Academia de Bellas Artes en Roma hizo de Venancio un escultor honesto y un maestro responsable de conservar el oficio a la vez que asumía que los nuevos tiempos exigían que rompiera las suaves líneas y los equilibrios visuales.
Raíces cristianas

La rotundidad que imprimía a sus obras era cada vez más acuciante, hasta que el genio salmantino descubrió que la seguridad con la que trabajaban sus manos, aquellas rectas y planos a los que sometía a sus piezas, no eran más que la fuerza creadora de Dios manifestándose en sus dedos. Su camino tornó hacia una sola dirección, la que daba sentido a su vida y a su obra.

Las raíces cristianas de la meseta castellana brotaron exuberantes y consagró su creatividad a explorar los símbolos de esa tradición espiritual de la que surge nuestra cultura y que sigue alimentando nuestras almas.

Venancio es, ha sido y será el paradigma de escultor que encontró su sitio y supo defenderlo, y es que si hay algo que pueda reprochársele, es haberse dedicado en cuerpo y alma a su profesión. Tan intensamente que decidió, generosamente, legar el oficio a los jóvenes creadores durante más de veinte años en su escuela de verano.

Ser Académico de Bellas Artes de San Fernando no hizo más que poner de relieve su genio artístico y una creatividad desmedida que pudo materializar gracias al mecenazgo privado y, esa fe que le mantenía en pie, dio fuerzas a su maltrecho corazón para seguir dando forma a la labor que «el de arriba» le había encomendado..

Sólo cuando su inseparable Pilar faltó de su lado, se abandonó a la tragedia de la vida y se dejó ir.

Al fin y al cabo, un escultor es hombre, y el hombre perecedero, pero su obra, su creación y su visión del mundo es eterna.

martes, 1 de agosto de 2017

Construyendo y derribando

Una de las cosas que más aprecio de mi profesión es la posibilidad de conocer gente interesante. La gran mayoría de ellos tienen gusto por la historia y las cosas bien hechas tanto como yo, pero cuando a eso le sumas la dedicación a un trabajo exótico y apasionante, te encuentras con personas como Curro Agudo Mangas.
 
El modelado en arcilla del monumento al General Menacho tocaba a su fin. Apenas quedaba terminar el sable, los borlones que colgaban del fajín y el gran problema... La muralla de Badajoz.
 
 
Todas mis esculturas llevan algún símbolo que relacione al personaje con su eco en la eternidad, y lo que caracteriza al General Menacho fue su heróica defensa de la ciudad de Badajoz hasta que una bala de cañón le segó la vida mientras daba órdenes en lo alto de la desvencijada muralla. Ahí estaba el meollo del asunto: una muralla destrozada por el incesante asedio de las tropas napoleónicas y un General que negándose a rendir la ciudad, daba órdenes a las tropas en primera línea de fuego sobre los cascotes que abrían brecha en el Baluarte de Santiago.
 
Y en este punto es cuando te acuerdas de que entre esa gente especial, con profesiones exóticas que conoces gracias a tu trabajo, se encuentra Curro Agudo, modelista naval para más señas. El mejor, de hecho. Curro, que se ha criado al pie de la muralla de Badajoz no se lo piensa un segundo y viene a echarme una mano.
 
Diseñando la muralla
 
Curro lo tenía claro, en lugar de modelar en arcilla  la rotura de la muralla, la construiríamos. En vez de preocuparme, me pareció una idea excelente: ponernos el mono de faena y liarnos a echar cemento y cascotes. La muralla de Badajoz es el recinto fortificado mas grande de España y hay que presumir de ello, así que íbamos a hacerlo bien, respetando lo máximo posible la construcción de mampostería y siendo escrupulosos con el destrozo que doscientos años atrás hacían los incesantes bombardeos sobre el baluarte.
 
Piedras de musgo que servirían para emular la mampostería
 
 
El trabajo duró más tiempo del que esperábamos, pero fue muy divertido escoger donde iría cada piedra y colocarla de forma estética, mientras imaginábamos como volaban los pedazos de muralla con cada cañonazo. O cómo veíamos los pies del General Menacho apisonando el terreno con cada movimiento, con cada arenga, con cada avance...
 
 
 
El resultado fue mejor de lo que esperaba. La base de la escultura que le daba sentido al conjunto estaba terminada. Menacho ya no andaba sobre el aire. Estaba afianzado a la muralla de la ciudad que le vió caer, sujeto a la tierra que doscientos años después le sigue rindiendo honores y encarando a la muerte en una de las gestas más nobles y gloriosas de la Guerra de Independencia.
 
Gracias Curro por haberme traído desde Badajoz el sentimiento de una resistencia épica.
 
 
 
 
 
 

sábado, 30 de enero de 2016

Arte VS Ocurrencias

Día tras día veo con estupefacción las degeneraciones artísticas que imperan en estos tiempos. Llamadme antiguo pero lo que yo entiendo por ARTE no tiene nada que ver con las ocurrencias que inundan los museos de arte contemporáneo y galerías. Y no es que me considere una eminencia en estas cuestiones, pero mi trayectoria profesional me permite rebelarme ante lo que me parece una estafa.
 
Veréis. El ser humano tiene inquietudes artísticas desde el principio de los tiempos. No hace falta remitirse a Altamira, pongámonos en Mesopotamia, Egipto o Grecia. Todas las representaciones artísticas tenía un fin claro: representar deidades y ensalzar la belleza. Incluso representaban sus quehaceres cotidianos como si no quisieran que su cultura y tradiciones se perdieran en el tiempo. Con todo esto, entiendo que el arte en sus comienzos tenía una finalidad social y los artistas se esmeraban en que sus obras fuesen fácilmente interpretadas acercándolas a la realidad del momento.
 
Belleza...
 
Me diréis que los tiempos cambian y las sociedades evolucionan. Bien. Avancemos un poco y nos encontraremos con artistas prerrománicos, góticos, barrocos y neoclásicos. Todos ellos con la misma finalidad que sus antecesores en sus obras: exaltación de mitos o personas cuyas cualidades son merecedoras de reconocimiento y la recreación de momentos bellos, míticos, heróicos o cotidianos, que nos acercan a las costumbres y tradiciones de la época.
 
Heroísmo...
 
Ahora me pregunto, si durante milenios el arte ha sido motivo de belleza e identidad cultural, ¿Qué está pasando? El artista ya no se preocupa por agradar al público ni por acercarle una realidad bella, el artista ya sólo se preocupa por si mismo y el resto somos los que tenemos que interpretar. Egoismo, egocentrismo, egolatrismo. "Yo tengo una ocurrencia y ahora interpreta tu lo que quiero decir".
 
Pues resulta que yo, artista contemporáneo, tengo un problema con todo esto. Esta cultura relativista que nos han impuesto, en la que todo vale y todos somos artistas, nos ha traído una falta mayúscula de criterio. Al haber abandonado los cánones, las normas básicas, las proporciones correctas y los mínimos de calidad técnica, hemos derivado en una sociedad de engendros museísticos y rotondas abominables. Y lo digo sin ponerme colorao. Ahora me dirán que el artista es libre como el viento, que expresa sus inquietudes, que interpreta "su" visión del mundo y un montón de tonterías que justifican el culto por la fealdad que impera. ¿Quién se arriesga a decir que no entiende una obra o no le gusta, y le tachen de inculto? Hemos olvidado las emociones que transmite el arte y hemos dado paso al "arte inteligente". Pero esa inteligencia le ha venido muy bien a los "listos". Y a los especuladores, esos buitres que prefieren ocurrencias poco elaboradas para darles salida económica rápidamente. Producir, producir, producir. Sin embargo, una escultura estudiada, bien trabajada, terminada impecablemente supone invertir tiempo y si hay algo de lo que esta sociedad adolece es la falta de tiempo.
 
Pues no me encontraréis ahí. Me encontrareis en mi taller, trabajando meticulosamente con la arcilla, tomando medidas constantemente, observando la obra desde cualquier ángulo, haciendo y deshaciendo hasta que mis habilidades no den para mas. Hasta que no encuentre mejora posible. Demostrando la diferencia que hay entre un muñeco y una escultura. Haciendo valer el arte sobre las ocurrencias. Y penando porque el mundo artístico y las instituciones han olvidado su razón de ser y su servicio a la sociedad.
 
Identidad cultural...
 
Queridos amigos, que no os engañen. No todo vale y nadie puede imponeros la subjetividad. Abrid los ojos, mirad los detalles y el esfuerzo que hay detrás. Abrid el alma y sentid emoción. Las explicaciones razonadas dejádselas a los críticos de arte que para eso cobran de lo público y de lo privado.
 
Un saludo rebelde

jueves, 5 de noviembre de 2015

Herencia artística

Queridos amigos, hoy se cumple un año del fallecimiento de mi padre y lo que me pide el cuerpo es hablaros de él. Me preguntan habitualmente como surge la vocación de escultor y aún no lo tengo claro, pero la única respuesta que encuentro es porque lo he "mamao". Tuve la suerte de ser hijo de uno de los grandes escultores españoles, trabajador y prolífico como ninguno. Tener la oportunidad de jugar desde pequeño con una pella de barro y un palito y que tu madre no te diga nada cuando llegas a casa con la ropa manchada (porque es lo habitual) es un gozada. Así empezó lo que soy hoy
 
 
 
Marino Amaya no lo tuvo fácil, pero la vida te lleva por el camino que impone lo quieras o no, así que ahí tenéis a mi padre, jovencito, sin un duro en el bolsillo, recién llegado a la Capital pero con un talento y una capacidad creativa que le desbordaba. No tardó en hacerse un hueco en el mundo del arte ya que la calidez y la emoción que transmitían sus obras superaba con mucho su timidez. Sus esculturas infantiles empezaron a llenar los parques de España enterneciendo a la sociedad con aquellos niños regordetes, a veces tristes y a veces juguetones.
 
 
 
Nunca comulgó con los círculos artísticos ni con las galerías de arte, pero sus exposiciones eran un acontecimiento social. No sólo porque sus esculturas tenían un estilo nunca visto hasta entonces, sino porque la ternura que imprimía a sus obras, la llevaba implícita el propio artista. Y todos querían contagiarse de esa humanidad que le caracterizaba
 
 
 
Poco después empezarían a llegar los reconocimientos, la inauguración de su exposición en el Salón de Otoño por parte de los Reyes, sus visitas a Zarzuela para modelar a los Príncipes, sus viajes a Brasil y Nueva York y su entrevista con Su Santidad. Fueron buenos tiempos, papá.
 
 

 
Con el paso de los años, Marino Amaya evolucionó. Las líneas pasaron a ser mas suaves y las formas mas rotundas. Le cantó al amor, a la vida y a la naturaleza. Abandonó las fiestas y los fastos para dedicarse a crear. Simplemente. A dar forma a sus inquietudes, sus necesidades y sus pasiones. Porque si algo caracterizó a Marino Amaya era su pasión por la vida, por las cosas sencillas, por los sentimientos humanos.
 
Hace un año que te fuiste papá, pero allá donde estés, se que me miras, que me animas y que me empujas. Se que estás orgulloso, pero mira papá. Mira esta foto. Hay futuro
 
 

lunes, 28 de septiembre de 2015

Charla entre amigos

 
Dicen que los tiempos que manejan en radio y televisión están calculados al milímetro. Pues ahora he descubierto que es mucho mas interesante este invento nuevo que se llama podcast. Resulta que puedes escuchar o descargar un audio en el momento que te venga mejor y así poder poner los cinco sentidos en lo que estas escuchando. Reconozco que siempre me ha gustado la radio, el poder que tienen la voces, la modulación de las cuerdas vocales y los matices del tono de voz, me resultan hipnóticos. Me ha gustado escucharme en esta charla entre amigos. Son buena gente, éstos de HistoCast.

lunes, 6 de julio de 2015

Una historia de honor y coraje

 
 
 
Hay aventuras que merece la pena correr. Hace relativamente poco tiempo que escuché la historia de otro gran español, uno tan grande que desfiló junto a George Washington al terminar la guerra de independencia de EEUU. Cuando el malagueño Bernardo de Gálvez fue nombrado Gobernador de Louisiana, seguramente no imaginaba que cientos de años después estaríamos hablando de él, pero estaba destinado a ocupar un lugar privilegiado en nuestra historia y a que un escultor obsesionado con los actos heróicos le inmortalizara en el año de 2015.
 
Nuestro Gálvez no se lo pensó cuando el futuro Presidente Jefferson solicitó la ayuda española, y yo tampoco me lo pensé cuando "El pintor de Batallas", Augusto Ferrer Dalmau me propuso unir fuerzas para dar mayor proyección a Gálvez. El proyecto era apasionante, un pintor y un escultor colaborando y trabajando sobre el mismo personaje. No se a vosotros pero a mi me encanta la idea. Un cuadro y una escultura que nos retrotraigan al momento en que Bernardo de Gálvez le echó cojones y dijo aquello de "El que tenga honor y valor, que me siga, que yo iré delante para quitarle el miedo".
 
Cuanto más conocía al personaje, más ganas tenía de ponerme manos a la obra, pero me encontré con el problema de siempre. El rigor histórico. Con Gálvez teníamos un problema añadido y es que pertenecía al Ejército de Tierra, pero su hazaña más conocida fue comandando el bergantín Galveztown, asi que volví a pedir ayuda a Mariela Beltrán. No se que haría sin la historiadora más entregada y rigurosa cuando me asaltan las dudas. Como siempre, tenemos diferencias, pero no irreconciliables. Mariela acaba encontrando el subterfugio para que las licencias artísticas que me concedo no sean descabelladas.
 
El caso es que la Guerra de Independencia americana da mucho juego y aunque siempre me sirvo de documentación fiable y veraz, soy de los que ponen en práctica la teoría. Llamé a mi amigo Luis Sorando, que de recreación histórica sabe un rato, para preguntarle como se anudaba el lazo a la coletilla de la peluca. Este tipo de detalles me gusta conocerlos de primera mano, es decir, de alguien que se fija hasta en los botones. Eres muy grande Luis.
 
Antes de comenzar a trabajar con la arcilla, había otra cosa que me preocupaba. De Gálvez hay pocos retratos, si bien, el más conocido no es real, el más contemporáneo no le representaba muy agraciado. Ya conocéis mi tendencia a embellecer la realidad, pero en este caso no quería modelar un rostro imaginado. Quería que fuera alguien real y automáticamente me vino a la cabeza mi gran amigo Jesús de Casteleiro y Villaba, de familia militar desde las Navas de Tolosa, porte marcial y estampa orgullosa. De los que se apuntan a un bombardeo. Lo emocionante de esto, es que un antepasado suyo, D. Juan Villalba y Angulo sirvió a las órdenes de Gálvez, así imaginad las sensaciones de tener al alcance de la mano un pedazo de historia viva. No se a vosotros, pero a mi estás cosas me ponen los pelos de punta.
 
 
 Hoja de servicio de D. Juan Villalba y Angulo

 
 
Una vez organizado el trabajo, me puse manos a la obra. Siempre me pasa lo mismo. Juro y perjuro que es la última vez que me obsesiono con una escultura, pero acabo cayendo en las jornadas interminables y en los pensamientos monotemáticos. Han sido 3 meses de trabajo durísimo en los que sólo al final he conseguido disfrutar con la obra. Ese momento en el que ves la escultura montada a falta de los detalles, cuando empieza el entretenimiento de poner un botón, cuando modelas los galones de Mariscal de Campo en automático; ese momento en el que coronas el sombrero de tres candiles con la "vistosa cucarda encarnada".
 

 

 
 
Ese momento en que anudas la trenza (aún sin terminar) de la peluca con un lazo...
 
 
 
 
Ese momento en el que a falta del sable empuñado con vigor en la mano derecha, ves a Bernardo de Gálvez, con la ceja levantada, gesto firme desafiando los cañones británicos apostados en la bahía de Pensacola y con la determinación de un hombre valiente que representó el coraje español allen de los mares. Ese momento en el que le oyes decir: "YO SOLO"
 
 
 
 
Podréis ver la obra definitiva en la exposición que se hará sobre Gálvez en el mes de diciembre, junto con el lienzo de Augusto Ferrer Dalmau. Ambos esperamos que el objetivo de acercar a la sociedad española la figura de Gálvez se cumpla, pero en mi fuero interno deseo de corazón que algún día alguien recoja el testigo y Bernardo luzca con honor en forma de monumento en algún espacio público destacado de la Capital. Después de recibir numerosos mensajes interesándose por la iniciativa, no pierdo la esperanza. A todos vosotros os digo lo mismo. Hay pocas personas que se atrevan a involucrarse en una empresa de tal calibre y que estén comprometidas con nuestros héroes y nuestra historia. Desde aquí mi reconocimiento a quien hizo posible el monumento a Blas de Lezo: Iñigo Paredes.
 
Un abrazo

lunes, 15 de junio de 2015

Presuntos no, Autenticos Implicados

Hay personas que pasan por tu vida, y otras que están destinadas a quedarse en ella. No deja de sorprenderme la implicación de algunos clientes/colaboradores en mi trabajo. Y es algo que agradezco profundamente, ya que debido a las desesperantes inseguridades que me asaltan cuando me hallo inmerso en un trabajo, encontrar una crítica constructiva o una palabra de aliento, me reconforta.
 
Son muchas  las personas que tengo presentes, pero por cercanía cronológica quiero compartir un pequeño homenaje a las personas que hicieron posible el Monumento a Blas de Lezo. Los tres pilares en los que se sustentó el gran Almirante, la excelencia, la perfección y la ilusión. O lo que es lo mismo, Iñigo Paredes, Mariela Beltrán, Carolina Aguado y Javier Bellas.
 
A Iñigo Paredes le conocí frente una fanta de naranja. Me parecía increíble que alguien tan joven, con responsabilidades profesionales y familiares se embarcara en un proyecto de tamaña envergadura. Hay que tener muchos arrestos para responsabilizarse de abrir una suscripción pública, promocionarla hasta que sea un éxito rotundo y darle carácter democrático a una Asociación. No conozco a nadie con más empeño en un proyecto y que haya salido victorioso de tal hazaña. Claro, que si nos atenemos al nivel de exigencia que propone, es imposible que algo salga mal. Me alegra que nuestros caminos se hayan cruzado, siempre aprendo algo nuevo de quien busca constantemente la excelencia.
 
 
 
 
Reconozco que el día que conocí a Mariela Beltrán, perfeccionista hasta el extremo, me cayó un rapapolvo memorable. Ahí estaba yo, incrédulo aún porque mi proyecto había sido el elegido y Mariela dándome collejas porque mi boceto tenía algún error histórico. Quizá en otra circunstancia habría hecho valer mi interpretación artística, pero me rendí al instante. Mariela y Carolina Aguado eran las comisarias de la exposición de Blas de Lezo y las personas más interesadas en que el monumento se ajustase a rigor histórico. Su pasión por el personaje era tan intensa que sentí la necesidad de darles a Lezo en su mejor versión. Me prepararon el mejor informe documentado que un escultor podría desear y a cambio recibieron la reproducción mas fidedigna de un uniforme de Teniente General del siglo XVIII. Ahora se han convertido en colaboradoras necesarias. Como sin Mariela podría enfrentarme ahora al reto de representar a Bernardo de Gálvez? Para realizar escultura histórica hacen falta dos cosas, el escultor y ella, la historiadora que mejor conoce y empatiza con el personaje.
 
 
 
El tercer pilar sobre el que se apoya este monumento se llama Javier Bellas, la ilusión personificada. No me quedan palabras de agradecimiento para él, solo de reconocimiento y orgullo para nuestra Armada Española. Este monumento es el humilde reconocimiento que el pueblo español ha querido haceros a vosotros, los marinos. Porque estamos orgullosos de vosotros, porque a base de vuestro sacrificio personal los españoles vivimos en un gran país y porque la Armada nos ha regalado grandes hombres de los que tomar ejemplo. Querido Javier, con tu permiso reproduzco aquí tu primer whatsapp:
 

“Querido Salvador, quiero ponerte estas letras para agradecerte el esfuerzo, la pasión y el talento que has puesto en la escultura de Blas de Lezo. Les dije a Mariela y Carolina que ellas eran sus madres, las que lo han devuelto al mundo, a su puesto en la historia y a su sitio en España. Pero era un Blas de Lezo imaginario, o si se quiere, virtual en forma de exposiciones y titulares.

 Tu lo has hecho realidad y le has dado vida; la que te has dejado modelando todas y cada una de sus partes. Has sabido hacer descansar todo el peso de la historia de un olvido en su pata de palo y la dureza de una muerte próxima que ya adivinaba, en su tuerta mirada. La tensión de ese momento lo transformas en bello semblante y todo lo vistes de rigor histórico en forma de casaca. Lo has hecho padre de la Patria, referente de muchas generaciones y ejemplo donde mirarse. Una escultura que será un lugar de encuentro con la historia para millones de personas
”