El arte es la materialización de un delirio

El arte es la materialización de un delirio

miércoles, 15 de agosto de 2018

UNA PERSPECTIVA DESDE LA ALTURAS




15 de julio de 2018


El ascenso al risco de la Nava no había resultado ser un camino fácil. La prohibición de subir estaba justificada por lo escarpado del terreno; o quizá la dificultad se acrecentaba por la ausencia de pasos humanos en el camino desde hacía décadas. Era difuso determinar la causa-efecto de aquel abandono. Llegó un punto en el que la ligereza delsendero terminó para dar paso a unas graníticas escaleras apenas visibles al estar cubiertas por un grueso manto de hojas de roble putrefactas por la humedad y la dura intemperie de la serranía madrileña.

La intensa luz solar del mes de julio no encontraba resquicio por donde penetrar al frondoso bosque. Algún rayo disperso se colaba entre las copas de los árboles dando color al musgo que se aferraba a las enormes rocas. El verde intenso quedaba difuminado por tupidas telas que alguna vieja araña se había encargado de tejer para dejar constancia de su existencia o advertir a los despistados intrusos que no estaban solos.

Una sólida verja surgió cortando el paso, pero algún visitante previo se había encargado de abrir hueco y así poder acceder a lo que parecía un lugar donde descansar antes de la escalada final. Como si de una creación del arquitecto Gaudí se tratase, la construcción que servía como base del monumento a la vez que mirador, presumía de grandes contrastes en sus materiales y formas. Lineales baldosas y azulejos daban rotundidad a una balconada conformada por una serie de arcos sostenidos en el tiempo por unas irregulares piezas clave talladas toscamente en piedra caliza.

Apenas unos metros en vertical me separaban de la cumbre. El último tramo, un túnel forrado con residuos calcáreos fruto de las constantes filtraciones acuosas hacía las veces de escenario ornamental para provocar mayor impacto cuando a la salida, con los ojos luchando por acostumbrarse a la luz, surgen ante la vista los colosos de roca que dan vida a cuatro Evangelistas. La magnitud de los cuerpos esculpidos, con giros y actitudes tremendamente dinámicas, desafían la gravedad a 1400 metros de altura. Mateo, Marcos, Lucas y Juan se alzan sobre sus símbolos con una rotundidad tan abrumadora como las miles de toneladas de peso que se sostienen en el aire milagrosamente. Como si el aire contenido en los pulmones ante tamaña maravilla sustentara la mole monumental en el vacío. Como si el silencio del valle fuera el hechizo que soporta la presión. Como si el tiempo se hubiera detenido en el preciso y precioso instante en que la levitación supera a la pesadez.

El impacto inicial se esfuma más deprisa de lo que uno desearía. Profundas grietas en las juntas que sellan los bloques de piedra y pedazos enteros desaparecidos, eliminan parte de la majestuosidad del conjunto. Si el visitante buscaba una experiencia iniciática escalando entre las rocas, la magia desaparece cuando el caminar alrededor de los Evangelistas se convierte en un continuo tropiezo y persistente sorteo de escombros que caen de las titánicas esculturas. Es en ese momento, al mirar al suelo y comprobar los cientos de kilos de piedra derrumbada, cuando tomas conciencia de la magnitud del desastre. Si a los diferentes gobiernos les resultaba incómoda la existencia del Valle de los Caídos, lo han tenido tan fácil como dejarlo caer. Y en ello están. Permitiendo que poco a poco vaya desfigurándose un símbolo de las profundas raíces cristianas de España y de la mejor tradición artística. No hará falta que dinamiten la mayor cruz cristiana de todo el orbe, la dejadez y la desidia del mismo pueblo que la construyó con la esperanza de superar las diferencias que nos habían llevado a exterminarnos, será suficiente para derrumbar lo que hasta hace no demasiado era el cimiento sólido de una sociedad que aspiraba a superarse.

Las motivaciones de los que nos congregamos en el Valle de los Caídos el 15 de julio eran muy dispares. Seguramente hasta yo misma fui con aire reivindicativo, no lo recuerdo. Lo que si sé es que cuando terminó la Santa Misa, al disponerme a salir con intención de saludar a los amigos y conocidos que tenía por cierto que allí estaban, tropecé con alguien inesperado y reaccioné . Allí sentado aún, acompañado únicamente de su esposa y con un gesto de profunda tristeza, el hijo de Juan de Avalos, escultor artífice de los gigantes que custodian la mística Basílica y los restos de miles de caídos en la dichosa guerra, se resistía a moverse del banco desde el que había asistido a la Eucaristía. Y aquel encuentro me hizo recordar que por encima de sentimientos alimentados por la visceralidad, está la reafirmación de quienes somos. Y esa cuestión sólo podemos abordarla desde nuestra cultura común, desde las artes que nos han mostrado la maravilla de emocionarnos y desde el testimonio de lo que hemos sido. Ver al hijo del escultor, sólo, como si de un visitante más se tratase, con la tristeza de saber que la obra que dio sentido a tantas vidas se desploma sobre nuestras cabezas, y que todos los allí presentes menosprecian el continente que hace que nos conmueva el contenido, me removió las entrañas. Y olvidé por qué había madrugado aquella mañana. De repente sentí que lo verdaderamente importante no está bajo tierra, sino elevado infinitamente por encima de nosotros, ya sea esculpido en piedra o sólo perceptible en nuestros corazones


Por Amanda González